Con el florecer de los cañaguates, el corazón palpita diferente. Y el corazón lo sabe. Es un sentir que todos los vallenatos hemos conocido. No importa cuántas veces lo hayamos vivido, los ojos se abren siempre como puertas al asombro. Se le despierta a uno el alma del letargo cotidiano para fundirse con esa belleza amarilla que en los meses de enero y febrero inunda la ciudad, para abrazarla y dejarse abrazar por ella.
Ese bienestar que genera admirar y vivir la belleza del entorno no es banalidad; es necesidad. De hecho – ya es materia estudiada — a mayor orden y belleza del espacio habitado, más feliz se es, punto. Así, cuando uno se pierde mirando los cañaguates, las trinitarias, el río y las imponentes montañas, así debería sentirse con cualquier cuadra y cada rincón de la ciudad: debería inspirar alegría.
Europa y el resto del mundo desarrollado tienen eso enraizado: las ciudades se planifican y organizan para hacer más felices a las personas, para reducir el estrés, para promover el ejercicio, para fortalecer la comunidad y la integración entre vecinos, para robustecer la identidad local, impulsar el turismo y el desarrollo económico y, por último, pero no menos importante, para prevenir la inseguridad.




