Las riquezas melódicas de las canciones de Luis Enrique Martínez son testimonios de la grandeza de su historia musical. En sus largas correrías llevaba el acordeón para demostrar su talento innovador en los acordes de los bajos con los pitos, por eso es reconocido ‘El papá del vallenato’. Una de sus canciones, que resalta su identidad es: “Oigan muchachos yo soy Enrique Martínez/ quien nunca tiene miedo si se trata de tocar. Luis Enrique, el pollo vallenato, es candela lo que van a llevar”.
Las buenas canciones conservan el equilibrio entre la armonía musical y la poesía, y se defienden solas, son como la luz que vibra en las puertas de la aurora y se repite en el espejo de los amaneceres. No son canciones de un día ni de una temporada, la empatía de sus versos con la melodía las hace densas para que lleguen a las profundidades estéticas del alma. En la hondura humana de la ensoñación y la belleza.
Las buenas canciones nunca se envejecen porque conservan la frescura poética de la melodía, y permanecen en los sentimientos y en la memoria colectiva, como aquella casa en el aire que un poeta con alma de arquitecto le construye a su hija, o la mujer que al caminar hace reír las sabanas, o aquel sombrero que se mece en las ramas del viento esperando el regreso de un viajero o la gota fría que se solaza en los espejos celestes de los acordeones.




