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¿De dónde vienen los Cotes?

Convivieron con los nativos varios días con sus noches, de manera libre hicieron suyas a las más bellas y púberes, después que su jefe, el corsario Martín Coutes, seleccionara las suyas.

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En las faldas plegadas de la Sierra Nevada de Santa Marta, que hunde sus raíces en las profundidades del océano Atlántico, en un de sus montículos oleados se yergue una pequeña iglesia, rodeada de usuales casas hechas de barro, bahareque y palma, pintadas de blanco, habitadas algunas por hábiles pescadores, que cada mañana toman sus cayucos para perderse en el horizonte de la extensa bahía.


Viven ellos de la faena de la pesca y de la extracción de perlas, que cambian por bienes ligeros, en días comunes y corrientes. Viven estos hombres, de zozobra en zozobra, por el temor a que los piratas del caribe, que de vez en cuando se asoman por allí, hagan sus fechorías. En esta ocasión, llegaron mansos, no agredieron a nadie, no robaron bienes mínimos y no accedieron a las mujeres, entendiendo así que la institución piratera avanzaba ya hacia su extinción.


Convivieron con los nativos varios días con sus noches, de manera libre hicieron suyas a las más bellas y púberes, después que su jefe, el corsario Martín Coutes, seleccionara las suyas. El galo, corsario de profesión, de pelo largo y rubio, de cejas tupidas y ojos azules penetrantes, es admirado por los nativos.
Los piratas no han venido esta vez en son de guerra, han llegado a vender y a comprar, son escrupulosos en el pago y como siempre, armados hasta los dientes. Los piratas enseñan a los nativos el arte del contrabando, que no conocen mucho de comercio, ni que diablos es eso de la acumulación de capital, pero no tardaron en saberlo y aprender de este oficio milenario.

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