A propósito de los 59 años que cumple el municipio de Curumaní quise escribir esta columna. Si una característica era de admirar de los nacidos en el municipio de Curumaní era su constante vocación de contar con una credencial en el Congreso de la República (lo lograran o no) o en la Asamblea Departamental del Cesar. Más de una vez fue de elogiar que profesionales nacidos en ese municipio llegaban a cargos de secretarios de despacho en la Gobernación del Cesar con hojas de vida idóneas para los cargos, con actitud de servicio y con perfil alto.
Nada ni nadie podía disminuir el espíritu que se le veía a los curumanilenses, ya fuera vía elección popular o vía nombramiento, para que sus nombres hicieran parte de los principales cargos dispuestos para el Cesar, especialmente en la Cámara de Representantes y en la Duma Departamental, si se trataba de las urnas, o en cargos directivos si se trataba de ser nombrados en el nivel departamental.
Sin buscar ser despectivo y mucho menos hiriente, cabe preguntar: ¿Han perdido los curumanilenses vocación de poder? ¿Renunciaron a los espacios del Cesar con credenciales, en los escenarios del orden nacional y departamental? ¿Acaso es que un municipio donde el orgullo de las familias, además de la vocación de trabajo es tener profesionales, no se merece que los suyos ocupen cargos directivos en lo departamental?




