Por: Oscar Ariza Daza
La defensa del idioma muchas veces se vuelve un mecanismo arbitrario para establecer dominio sobre el comportamiento de los seres humanos; un instrumento para que unos pocos puedan imponerse, generando discriminación y exclusión social. El hablar como nos diera la gana en contextos específicos, era una de las pocas libertades a la que podíamos acceder, porque nos sentíamos creadores y dueños de nuestra propia lengua.
Actualmente la lengua se utiliza violentamente para segregar, negar o aprobar el acceso a ciertos espacios sociales, cuando disimuladamente se exige desistir de la forma cómo hablamos desde nuestra variante dialectal. Es decir, para ser aceptados es menester renunciar a esas influencias culturales que diseñan nuestro hablar. Defender el dialecto puede ser concebido como un acto de parroquianismo que hace que muchos sientan vergüenza de la forma cómo hablan y traten de cambiarla para no ser criticados.




