A uno le dicen “vallenato” y uno, con seguridad, asiente, pero después se pone a reflexionar: ¿cómo sé si soy vallenato de verdad? Porque no sé en qué momento se firma un contrato con el alma, ni cuándo decide latir entre tres instrumentos.
Más allá de una ubicación geográfica, es un sentir. Ni dando ochenta vueltas al mundo, se pierde el gusto por el suero, el uso del sombrero vueltiao y el cantaito al hablar. Dicen por ahí que vallenato que se respete, iguala el caminado de un gallo fino de pelea, toma tinto antes de desayunar y siempre tiene una historia lista para contar.
Y claro, la música no es solo música. Los conciertos se oyen en cualquier escenario, pero en el Parque de la Leyenda Vallenata se sienten. El acordeón suena distinto, la caja retumba como si saludara a un viejo amigo y la guacharaca parece marcar el pulso del corazón de la ciudad.





