COLUMNA

Colombia, 40 años de múltiples tragedias

Una verdadera vorágine vivió Colombia en los últimos 40 años, pocos países del mundo han tenido tantas calamidades en igual periodo, más, su capacidad de resiliencia ha sido enorme. Hasta la naturaleza se vino contra nosotros como si expiáramos un pecado original.

canal de WhatsApp

Una verdadera vorágine vivió Colombia en los últimos 40 años, pocos países del mundo han tenido tantas calamidades en igual periodo, más, su capacidad de resiliencia ha sido enorme. Hasta la naturaleza se vino contra nosotros como si expiáramos un pecado original. La tragedia del Nevado del Ruiz sobre Armero pudo evitarse, pero el Estado fue negligente y hasta cómplice; centenares de niños desaparecieron y hoy no saben quiénes son sus padres ni estos dónde se encuentran sus hijos. Colombia se construyó sobre una estructura genética universal y tal vez esto haya producido genes de resiliencia, pero recesivos socialmente. Frente a un pueblo trabajador y valiente tenemos unas élites despiadadas y de sangre fría como los reptiles; esto les impide construir sentimientos de altruismo. 

En esas calendas las guerrillas se fortalecieron y creados los paramilitares por el Estado, convirtiendo al país en un camposanto; fue el tiempo del mayor desalojo y despojo de tierras a los campesinos y el de mayor migración interna del mundo, la desigualdad se potenció. Al tiempo surgieron los carteles del narcotráfico y de la toga con su secuela de desolación e injusticia, la vida fácil se instituyó como modelo, convirtiéndonos en el mayor productor mundial de hoja de coca. Con el descubrimiento y destrucción del laboratorio de cocaína de Tranquilandia y el decomiso del helicóptero transportador se supo quiénes dirigían este negocio en el país según se documentó; esto condujo al asesinato del ministro de justicia Rodrigo Lara Bonilla por su rol en la política antidrogas y de Enrique Low Murtra; también Guillermo Cano, dueño y director de El Espectador, entre otros. En este periodo se aplicó el terrorífico estatuto de seguridad que rompió todas las normas del derecho internacional y se produjo la extinción sistemática de la Unión Patriótica, UP, con el asesinato de sus miembros y simpatizantes, más de 6.000 personas, 11 Gaza, y dentro de ellos nueve parlamentarios, centenares de concejales y diputados, decenas de alcaldes y dos candidatos presidenciales, Pardo Leal y Jaramillo Ossa. Por este hecho, la Corte Penal Internacional condenó al Estado colombiano por su coparticipación. Este estatuto fue la matriz de otro posterior llamado Seguridad Democrática con 6.200 muertes más. 

Fueron asesinados Galán y Pizarro, candidatos presidenciales respectivos del liberalismo y del M-19. Un hecho que llenó de vergüenza y dolor a Colombia fue la toma del Palacio de Justicia por parte del M-19 con una retoma desproporcionada de las FF. MM. cuyo veredicto histórico aún no ha concluido, con señalamientos contra el presidente Betancur. Como paliativo un gobierno convocó una constituyente que hizo la Constitución de 1991, esperanza perdida porque algunos de sus núcleos constitucionales ya fueron cambiados como el “articulito” de la reelección, o no han sido desarrollados; el mismo que autorizó el hecho constituyente destruyó nuestro crecimiento con tratados internacionales que frenaron el crecimiento del país, la producción de vacunas se eliminó, 460  empresas del Estado fueron vendidas sin conocerse la destinación de los ingresos percibidos y la reforma a la salud se convirtió en el mejor camino para desfalcar al Estado. 

Han sido 40 años de barbarie, ignominia y sumisión total. Tras la guerra de las Malvinas, Colombia fue el único país americano que no apoyó a Argentina; por eso le apodaron “el Caín de América”. Estos 40 años siguieron a los 20 de la alternabilidad, exclusiva para una élite liberal-conservadora, el pacto de Benidorm, única forma que supusieron acabaría con la violencia, pero la agudizó. De este periodo de desgracia nos quedan cinco expresidentes de la República viviendo del Estado y de los cuales cuatro quieren seguir dando cátedras democráticas. 

Por: Luis Napoleón de Armas P.

TE PUEDE INTERESAR