Por Jarol Ferreira Acosta
Andaba bien mal, cuando sonó la llamada que me propuso dirigir el club de lectura para jóvenes del Banco de La República de Valledupar. El anterior director se mudó a Cartagena y el puesto quedó vacante, así que sin preguntar acepté.
Además de que me entusiasmaba trabajar con El Banco, no estaba en condiciones de andarme meditando un empleo y mucho menos uno que se ajustara tanto como este a mis devociones más íntimas. Entre el barullo del lugar en donde me cayó la llamada busqué un rinconcito silencioso y convine la cita para formalizar el asunto.




