Como los viejos cronistas que ponían palabras en boca de reyes, generales o filósofos para iluminar una controversia, me permito por una vez escribir como si lo hiciera Abelardo de la Espriella. No para sustituir su pluma, sino para explorar una respuesta posible a quienes, desde sus trincheras periodísticas, han decidido transformarse en contradictores políticos.
“He leído con atención a quienes han decidido convertirse en mis biógrafos no autorizados: Ana Bejarano Ricaurte y Daniel Coronell. Les agradezco el esfuerzo. Siempre es reconfortante descubrir que hay personas que dedican tantas horas a pensar en uno.
Según ellos —escribiendo con protervia— soy simultáneamente una amenaza para la democracia, una reencarnación tropical del fascismo europeo, un vendedor de ron, un populista, un improvisador y, por lo visto, el responsable de todos los males futuros de la república. Debo admitir que semejante concentración de talentos en una sola persona supera incluso mis propias expectativas.




