Por Alberto Herazo Palmera
Nuestra hermosa y querida Valledupar se despierta a diario con dos tipos de noticias a grandes titulares en la prensa local y en la radio: algún acto sangriento, el más reciente el triple asesinato en una trocha que conduce a la vereda Las Casitas, corregimiento de Valencia de Jesús, municipio de Valledupar y las defraudaciones del fisco por funcionarios públicos.
Terribles los dos porque revelan en términos de degradación moral, el descenso, hasta hoy sin retorno, hacia el abismo. Más horrendo el primero por las víctimas que se lleva, entre ellos un menor de dos años Joan Sebastián Martínez Herrera, las desgarraduras humanas que produce en la sociedad en deudos y amigos, la crueldad y sevicia que lo acompañan, pero no menos degradante el segundo, por cuanto no es el producto pasional y enardecido de una violencia que se ha ido adueñando de la entrada misma de la sociedad, sino el acto, calculado, cínico de quienes se apropian de los precarios recursos del Estado, producto a su vez del trabajo, el sudor, las estrecheces económicas de quienes lo entregan para el bien común.




