Si nos acogemos a la definición de la RAE, la democracia proviene del griego demos: pueblo y kratos: poder, gobierno del pueblo; luego este término traduce el privilegio que poseen los ciudadanos de elegir a sus gobernantes; sin embargo, en Colombia y otros países del mundo, la democracia ha sido secuestrada por unas minorías enquistadas en el poder, que manipulan a su antojo y pretensión la institucionalidad, siendo esta conformada por poderosos, que décadas atrás rigen los destinos de este subdesarrollo país tercermundista.
De nada sirvió reemplazar a la Constitución Política de 1.886, si igual los desmanes e irregularidades campean por doquier o tal vez peor que antes. Realmente la Carta Magna de 1.991 ha sido variada, mal interpretada y no reglamentada en muchos de sus artículos, para imponer cambios a espaldas del constituyente primario.
Preguntamos: ¿Hasta dónde llega la facultad del pueblo para elegir a un presidente de la República? ¿O es que acaso no es la institucionalidad la que decide y dispone? Precisamente lo que está sucediendo en el momento actual en el marco de la contienda electoral para elegir presidente de Colombia el 29 de Mayo, no es más que el vivo reflejo de una institucionalidad que no le da la talla al país; no se corrigen errores y horrores, por el contrario se perpetúan.




