El pasado primero de junio, Valledupar fue sacudida por una tragedia que aún nos tiene consternados. En un momento que debió ser de alegría y amor, durante la celebración de un matrimonio en una casa campo, ocurrió lo impensable: la estructura del lugar se desplomó. De inmediato, la felicidad se convirtió en dolor, dejando a más de 40 personas heridas y, tristemente, resultando en el fallecimiento de cuatro personas.
Entre las víctimas, se encontraban una menor de 13 años, una madre, y dos jóvenes llenos de sueños y promesas, todos recordados por su gran corazón. Estas pérdidas han dejado un vacío inmenso, recordándonos la fragilidad de la vida y la importancia de valorar cada momento con nuestros seres queridos.
No necesitamos ser familia o amigos cercanos para sentir el dolor de esta tragedia. En anteriores columnas sobre ética y convivencia social, siempre he enfatizado la importancia de una vida en armonía con los demás y con nuestro entorno. Es entonces, que valores como la empatía y el respeto no solo deben reservarse para nuestros seres queridos, sino extenderse a todos los miembros de nuestra comunidad. Compartimos la misma ciudad, los mismos derechos y deberes, y eso debería bastar para que nos preocupemos unos por otros.




