Por: Imelda Daza Cotes
La desintegración de la Unión Soviética y la incorporación de los países socialistas europeos al capitalismo llevó a muchos a pensar que a partir de ahí viviríamos en un mundo unipolar y hegemónico en el cual prevalecería el modelo económico neoliberal, con EEUU a la cabeza. El resto del mundo se limitaría a adecuarse a esas circunstancias. Se llegó a hablar del “fin de la historia”, la guerra fría había terminado y a partir de entonces el mundo se convertía en un gran país fácilmente controlable.
Sin embargo, algunos acontecimientos recientes parecen indicar que el mundo está ante una recomposición de los poderes económico, político, financiero e industrial que puede significar el fin de la hegemonía occidental y el comienzo de una etapa que, si bien es prematuro calificar como positiva o favorable, plantea un serio desafío. Es algo similar a lo que ocurrió a fines del siglo XVIII cuando Europa extendió y consolidó su dominio económico. Pero los protagonistas ahora son países del llamado sur-sur y de Asia que no encuentran acomodo en unas estructuras poco adecuadas al papel emergente de estos países. Esto ocurre en el marco de un proceso de globalización que pretendió usarse siempre para afianzar el dominio de los países ricos sobre los pobres pero que ahora parece servir para alcanzar algún equilibrio entre los poderes internacionales




