Atrás quedaron decepciones, quimeras, nostalgia por partida de seres queridos, frustradas esperanzas y toda una gama de sentimientos encontrados que, con la cicatrización sentimental del paso del tiempo, las cabañuelas de los primeros días del año y las oportunidades democráticas que aparecen en el calendario 2022, esperamos se vayan reacomodando. De no ser así, al final del año no tendrá sentido seguir doliéndonos por lo mismo.
El panorama económico por cuenta de las decisiones de la gran política productiva y financiera del Estado es desolador, las cifras se pueden revisar en cualquier portal con el riesgo de confundirnos con las del bolivariano país de al lado, cuyas caricaturescas autoridades han sido satanizadas por las nuestras y sus bodegas de seguidores, como le dicen ahora a los tan ofensivos como obtusos alfiles en las redes sociales, más como estrategia politiquera frente a la realidad de un cambio político con repercusiones en el inequitativo modelo económico, que a la desprevenida preocupación por mera sensibilidad humanitaria ante las dificultades del vecino.
La ventaja de ahora es que se les acabó el tiempo y los aciagos vaticinios que, como brujas de pueblo o pitonisas a sueldo, profetizaban ante un potencial gobierno distinto, se volvieron realidad en el más conservador de los regímenes, cuya razón de ser hace mucho tiempo dejó de serlo, al desfigurar la implementación de efectivas políticas públicas, en el más descarado, fantoche e impune saqueo, cuya única meta cierta es el enriquecimiento de unos pocos, los cuales además de una muy bien elaborada doble moral, padecen un neurótico-obsesivo complejo intolerante, que sólo alcanza a mitigarlo la sangre de víctimas sin esperanzas, a las que en vida les expropiaron sus oportunidades.




