Por Mary Daza Orozco
En este pequeño espacio no cabe un homenaje a la inmensidad de su vida. Vida grande dentro de la humildad sublime que practicó, tanto que se fue en silencio, silencio sabio y me atrevo a decir: silencio santo.
No quiere decir que la tía Franca fuera grande por realizaciones materiales, no, fue inconmensurable en la orientación de su hogar, al lado de Víctor Dangond, su esposo, y de sus siete hijos, que hoy más que un dolor intenso por su partida, sienten profundo orgullo de haberla tenido como madre, y la recordarán con su belleza plena, porque fue bella entre las bellas según los anales galantes de la Villanueva de hace años, belleza, sin aditamentos, que se acrecentó con los años que, aunque duros, no le dejaron huellas ni arrugas de resentimientos ni de inconformidad con la vida, solo una mirada brillante, una esperanza a toda prueba y una fe serena.




