Por Luis Augusto González Pimienta
Desde pequeña supo que tendría problemas. Su acentuada obesidad los generó. Los primos le repetían episodios de su infancia para contrariarla. Y lo lograban. Se desplomaba cuando recordaba que había sido la última de la familia en gatear y la última en ponerse de pie y caminar, por causa de su gordura.
En la adolescencia tuvo un respiro con el proceso de crecimiento que la aligeró de carnes y la hizo pensar en la esbeltez. Pasada esa etapa volvió a ser la misma gorda de siempre. De allí en adelante la vida de Bartola estuvo signada por la mortificación.




