Las reformas de la salud, pensiones y laboral deben, para su aprobación -dadas sus connotaciones y gran espectro- ceñirse a un principio: el consenso. Es imperativo que respondan a un gran acuerdo político y social. De lo contrario, todo puede salir mal.
Las reformas las necesita el país, pero el enfoque que tienen es de regreso al pasado, no. Huelen a nostalgia, a esos tiempos sólidos a lo Zygmunt Bauman, donde las cosas permanecían y no cambiaban cuando, hoy día es al contrario, varían, fluyen, son cambiantes, mutan porque el futuro va más rápido de lo que crees (ChatGPT es una prueba más) y las reformas deben, entonces, aprender del futuro, es decir, anticiparlo, provocarlo o prevenirlo y hacer prospectiva, pero no lo hacen. Van en contravía de ello.
Las reformas no le dan cabida al futuro y se aferran, desesperada e ideológicamente, a un mundo, el del siglo XX, que ya no existe y tampoco era mejor que el que tenemos hoy.




