Enero posee una virtud muy silenciosa y a la vez reflexiva: nos devuelve la conciencia del tiempo, es un mes que invita al balance. Es el mes donde la vida se vuelve promesa y el futuro, por un instante, parece obediente a la voluntad humana. Iniciamos el año agradecidos —con mucha razón— por el don de estar vivos, pero rara vez nos detenemos a pensar que la vida no es solo un regalo que se recibe, sino una responsabilidad que se administra. Vivir implica, también, cuidar la forma en que existimos en lo común, en lo compartido, en aquello que nos pone en contacto con el otro. Y pocas escenas revelan tanto nuestra ética cotidiana como la manera en que nos comportamos en la vía pública.
He sido, como columnista y como ciudadano, persistentemente incómodo frente a los asuntos de la cultura vial. No por obsesión estadística, ni por devoción normativa, ni por inclinación sancionatoria, sino por una convicción un poco más profunda; y es que la vida no admite negligencias repetidas. A lo largo de múltiples columnas he insistido —y seguiré insistiendo hasta que cambie— en que la seguridad vial no es un asunto exclusivo de la autoridad, ni una carga que deba recaer únicamente sobre el Estado. Es, ante todo, un ejercicio íntimo de conciencia, una forma de civilidad que se cultiva desde adentro y se expresa afuera.
Valledupar y el departamento del Cesar no están exentos de esta reflexión. Somos actores viales antes que peatones, conductores o pasajeros. Y como actores, tenemos capacidad de decisión. El destino no es un accidente inevitable; en buena medida, se edifica. Cada exceso de velocidad, cada distracción, cada imprudencia disfrazada de “confianza”, es una grieta abierta a la tragedia. La prevención comienza en el fuero interno, en la renuncia consciente al riesgo innecesario, en la humildad de reconocer que nadie —absolutamente nadie— está exento de fallar.
Los mensajes importantes no siempre llegan en grandes discursos. A veces se presentan con la sencillez de un gesto. Hace unos días recibí un detalle pequeño en tamaño, pero inmenso en significado: un calendario obsequiado por la señora Diana Daza González (directora del Instituto de Tránsito del Departamento del Cesar). En él, una frase breve y contundente: “Alcancemos juntos la meta cero (0)”. Confieso que esa frase se quedó conmigo. La llevé a mis cavilaciones, a mis terquedades habituales, comprendiendo que entonces ese cero (0) no alude a la ausencia sino más a una plenitud moral; deja de ser un número y se convierte en una ética por asumir, en la conciencia en su estado más puro.
Llegar a cero no es fácil. Tampoco inmediato. Pero es posible si dejamos de refugiarnos en la cómoda excusa de la culpa ajena. Mientras sigamos atribuyendo toda responsabilidad a la autoridad; mientras exijamos control, pero rechacemos el llamado de atención; mientras reclamemos orden sin asumir disciplina, las cifras seguirán siendo alarmantes. La falta de cultura y prudencia es un arma silenciosa, tan letal como cualquier instrumento de violencia: borra vidas, fractura familias, mutila futuros.
No se trata, en modo alguno, de desdibujar el papel de la autoridad ni de relativizar su función. Su presencia es necesaria, legítima e imprescindible en toda sociedad que aspire al orden. Sin embargo, ninguna norma —por bien escrita que esté— logra sustituir la autorregulación consciente del ciudadano. La autoridad, como he reiterado en otras ocasiones, no puede ni debe ser omnipresente. Ningún agente reemplaza la prudencia individual, ni ningún control externo suple la ética personal. La seguridad vial es, ante todo, una tarea compartida: un ejercicio cotidiano de corresponsabilidad entre el Estado y la comunidad, donde cada gesto cuenta y donde poner de nuestra parte no es una carga imposible, sino una decisión razonable al alcance de todos.
Llegar a cero (0) no es una empresa de resultados inmediatos ni una promesa que pueda cumplirse al ritmo impaciente de los calendarios. Tal vez no ocurra este año, y acaso tampoco el siguiente. Pero eso no deslegitima el propósito. Reducir, salvar, evitar, contener: cada vida preservada es una victoria silenciosa que justifica el esfuerzo colectivo. Avanzar de manera progresiva hacia menos víctimas es un acto de madurez social, una forma de civilización que se construye paso a paso, decisión tras decisión. El cero (0) no debe entenderse como una quimera inalcanzable, sino como un horizonte ético que orienta el camino; una meta que, aunque distante, nos obliga a caminar con mayor conciencia, hasta que deje de ser una aspiración abstracta y se convierta, finalmente, en una realidad tan bella como profundamente humana.
Que este 2026, que apenas inicia, sea también un tiempo de aciertos para nuestras autoridades de tránsito; que su labor —compleja, exigente y muchas veces incomprendida— encuentre respaldo en una ciudadanía más consciente y corresponsable. El mayor anhelo, desde este sentir regional y ciudadano, es que la meta en cero (0) deje de ser solo una consigna y empiece a sentirse en la cotidianidad: en menos ausencias, en más regresos a casa, en calles donde la vida tenga prioridad. Ojalá este año marque el comienzo de un cambio perceptible y que, al culminar, podamos decir que avanzamos —aunque sea un paso— hacia ese horizonte común.
Como bien lo recuerda la antigua sentencia: “No heredamos la tierra de nuestros padres; la tomamos prestada de nuestros hijos”. Honrar ese préstamo es una obligación moral de nuestro tiempo.
Por Jesús Daza Castro





