Por Leonardo José Maya
Yo lo conocí y era grande. Mientras todos disfrutaban de su canto el estaba allí, absorto, como distraído del mundo y sin embargo lo sabía todo. Era grande, desde antes de empezar a cantar, y mucho antes de empezar a ser grande. No fue fácil, primero tuvo que doblegar su destino incierto con el coraje que solo tienen los valientes, y después, con el ímpetu de su canto iluminó su propia noche.
Agradecido de Dios “Él sabía que si me abandonaba ninguno cantará como canto yo” y tenía razón, Dios no lo abandonó, por el contrario, lo hizo grande, tan grande que fue el único capaz de hacer sonreír la sabana cuando Matilde camina, solo él podía hacerlo.




