El pasado 10 de diciembre continuamos celebrando el segundo domingo de Adviento, cuyo significado etimológico se deriva de la voz latina “adventus” que significa venida. Los católicos dedicamos las cuatro semanas que preceden a la Navidad, para prepararnos en la esperanza y en el arrepentimiento para la llegada del Salvador. Es un tiempo de gracia que debemos aprovechar para meditar en el encuentro con el que está por venir. ¿Cómo está nuestra conciencia? ¿Hemos persistido en aquellas conductas que nos alejan de Dios? ¿Hemos sido solidarios con nuestro prójimo?
Para sacarle el mayor provecho a este tiempo de gracia es necesario tener los sentidos en alerta, pues nadie sabe con exactitud cuándo llegará el Dios encarnado: “Más de aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles de los cielos, ni el Hijo, sino solo el Padre”. (Mateo 24-36).
La feliz espera no debe estar precedida de excesos que nos conduzcan al adormecimiento de nuestros sentidos, tampoco puede traducirse en la cultura del uso de la pólvora, con sus lamentables consecuencias, o de lo meramente comercial, pues ello nos aparta del verdadero sentido de la Navidad. Debemos recibir al Rey de Reyes, con alegría, con humildad, y con un corazón limpio, acordémonos “un corazón contrito y humillado, oh Dios, no lo desprecias”. (Salmo 51-19).




