Por Marlon Javier Domínguez
Dos veces al día pueden los papás visitar a sus pequeños recién nacidos que, por circunstancias varias, se encuentran en cuidados intensivos.
El cuadro no puede ser más tierno: sobre las particulares cunas de cristal se inclinan papá y mamá, siempre con lágrimas en los ojos, para contemplar en total estado de indefensión a su milagro viviente; dolor, impotencia, angustia, deseos infinitos de padecer personalmente cualquier cosa con tal de que el hijo recupere la salud, se mezclan con la alegría de observar, aunque sea por breve tiempo, esos pequeños ojos que miran sin ver y tocar la sonrosada piel del ser que ha salido de las entrañas y a quien se ama más que la vida misma. Ternura, dolor, drama y esperanza se respiran en aquella habitación. Papá y mamá en todas las cunas, menos en una.




