Las ventanas de un nuevo año se abren, permitiendo que ingrese lo que deberá entrar, independientemente a lo que deseamos. La fachada de la antigua casa que ha quedado atrás se ha caído por completo. Y quizás, si volteamos y miramos, veremos las ruinas del año que se fue y es por eso por lo que es preferible ya mirar al frente a través de la ventana que se abre, en donde hemos de percibir la vida que de nuevo nos suspira y que ha querido permitirnos que sigamos.
Ahora, adelante hay una sensación nueva que nos recorre con una luz y un sonido agradable, un silbido aún suave afuera del viento que augura y transmite esperanzas. Las heridas que aún no cierran o sanan deberán hacerlo por nuestro bien, solo así podremos avanzar y aunque aún duelan y pululen debemos ahora solo verlas como recordatorios de lo agreste y difícil que puede ser en algún momento el camino que andamos, y lo más importante es que no debemos desfallecer a pesar de que nos sintamos agotados y hasta muchas veces vencidos.
A través de la ventana, vemos calles sin conocer a dónde van, en este momento parece que no tienen fin, las aceras a sus lados aún están desnudas y en el cielo arriba deambulan unas nubes transparentes, quizás esperando órdenes de nuestro pensamiento para convertirse rápidamente en chubascos o mantenerlas en nubes negras amenazantes de tormenta, o tal vez, que soplemos en este instante con fuerza y decisión y las diluyamos en el azul maravilloso que se muestra. Sería la mejor decisión.
Otra vez miramos atrás, como si esperáramos algo o alguna autorización, quién sabe de qué o de quién para salir a la calle, una nueva, que no conocemos, pero que decidimos inaugurarla y bautizarla con el nombre de oportunidad. Tal vez el guayabo que nos produce la embriaguez del día anterior (año pasado) nos detiene, pero sabemos que debemos salir con la mejor de las actitudes y aunque traigamos puestas las mismas vestimentas, ajadas y deterioradas, debemos confiar que en el camino hallaremos unas nuevas que nos permitirán hacernos sentir mejor y ojalá no por vanidad.
A través de la ventana veo ahora ya a algunas personas que se han atrevido a salir y andar, no es mi calle, sino la de ellos, se mueven agitadas, con rapidez, pensando quizás que si andan rápido llegarán más pronto a su destino, pero creo, al menos yo lo creo, que no debemos salir precipitadamente, creo que deberíamos ser cautos, pues a pesar de que la nueva calle se nos muestre segura, sin un resalto al menos visible, sin duda, hallaremos más de uno y hasta grietas que nos harán desviar del camino o hasta podríamos andar una calle sin salida que nos obligará a retroceder y buscar otra vía que nos conduzca a la meta elegida. Nos cansaremos, claro que sí, nos detendremos, claro que sí, pero no hay que desfallecer si queremos al final llegar hasta la otra ventana que nos muestre afuera otras calles para andar.
Nuestras vidas son vías, mis apreciados lectores, caminos que elegimos andar y también con quién andar, por eso, aunque ahora tal vez no veamos a quienes nos acompañarán, debemos ser cautos cuando nos encontremos con alguno que otro caminante o transeúnte en la vía de nuestro destino, pues serán de agradable compañía algunos, pero, quizás, también pueden ser nuestras malas compañías.
A través de la ventana veo lo que quiero ver, pinto el paisaje que se muestra bañado con un brillante sol. Veo un sendero que aún no tiene huellas, uno, que está esperando las mías, pues como dice Joan Manuel Serrat en su canción: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.
Tal vez andando me aleje de algunas cosas, pero me acercaré a otras, porque cuando se es poeta no se deja de ser peregrino e intentaré tomarme y tomar de la mano a aquellos con los que quiero andar la calle que veo enfrente a través de la ventana. ¿De equipaje? Solo llevo en mi maleta el corazón. ¡Feliz año queridos lectores!
Por Jairo Mejía





