Hay expresiones difíciles de olvidar. Te marcan por siempre, porque además te sumergen en una profunda meditación cuestionándote el valor de la vida, de la amistad, de la profesión…
Una de ellas la viví hace pocos días. Cuando llegué a casa, en horas de la tarde, encontré a mi padre desolado. La tristeza que reflejaban sus ojos era conmovedora. Muy pocas veces lo había visto así, con la cabeza hundida entre sus hombros. Por mucho que lo requiriese para saber qué le pasaba, no lograba musitar palabras: cada vez que intentaba hablar, su voz se quebraba y sus ojos se humedecían.
“Es por la muerte de Ocha Rosado en un accidente de tránsito…”, me respondió mi madre, consolándolo a su lado.




