Por: José Gregorio Guerrero.
En el Gaitán las calles y carreras parecían ríos secos afectados por un verano milenario, como si por sus cauces en algún momento de la historia hubiesen desfilado caudalosos ríos de agua fría. En diciembre soplaba la brisa en torbellinos de arena, que entraba a las casas y el aseo de ese día se había perdido por completo; aun relaciono ese mes con el olor a pintura fresca.
Ya no vivía en el Cerezo, ahora era nuevo en el Gaitán. Allí conocí a un joven de cuerpo menudo y cabeza prominente, de ojos saltones como de ternero acalambrado, y el labio inferior voluptuoso, lengua mocha, y tatareto. Todo el tiempo cargaba pantalones cortos y dominaba un enjambre de muchachos entre ellos Jesús Alberto y Carlos que para ese entonces solo hablaban de sus aventuras pueriles en Chimichagua y El Molino sus pueblos de cuna respectivamente.




