El próximo 3 de diciembre completaré 23 años como columnista de este periódico, pues mi primera columna fue publicada en 1999, gracias a la complacencia amistosa de Dickson Quiroz Torres, entonces propietario y director de EL PILÓN, al cual quedé vinculado como columnista semanal, labor que he preservado y desempeñado siempre con sumo agrado, procurando ser lo más objetivo posible.
Escogí la fecha en la que en Colombia se celebra el Día Panamericano del Médico en honor al natalicio de, Carlos Juan Finlay Barrés, médico y científico cubano que descubrió que la fiebre amarilla es transmitida por un vector: el mosquito Aedes aegypti. Enfermedad que azotó fuertemente a los pobladores de las regiones con climas tropicales.
La verdad monda y lironda es que mi primera columna fue una protesta por el impacto negativo producido por la Ley 100 de 1993, mediante la cual, literalmente en nuestro país, empresarios arribistas en contubernio con políticos de igual laya, la atención de la salud -también léase atención de los enfermos- la convirtieron en una mercadería despiadada, con la que generalmente se tortura a los enfermos pobres carentes de padrinazgos y también menoscaba altamente los ingresos de los trabajadores y profesionales de la salud, especialmente el del gremio médico, que no solo es perjudicado en lo económico, sino en el estatus social, que prácticamente es reducido a nivel de proletario, porque a todas luces los médicos disfrutábamos muchos privilegios, condición que nos otorgaba enorme independencia y nos salvaba del sometimiento indigno que sufren los otros gremios, cuyos ingresos dependen de salarios y contratos, tanto del sector público como del privado.




