Quien recorra el Valledupar de hoy verá una ciudad viva, acariciada por la brisa serena que baja desde el cerro de Santo Ecce Homo y que, generaciones atrás, ha refrescado el clima tropical de estas tierras.
Esa misma frescura, acompañada del vaivén de las hojas, se percibe en la plaza Alfonso López, hoy bulliciosa y llena de comercio, que se vuelve protagonista en la llevadera semana del festival vallenato. Décadas atrás, mediando el siglo XX, allí mismo, entre los viejos balcones y calles destapadas, coincidían personalidades que, en medio de parrandas y amistades, perseguían un propósito común. Se pretendía dar a Valledupar y a sus alrededores un lugar propio en el mapa geopolítico de la nación. Durante siglos, este territorio hizo parte del Magdalena Grande, una región extensa e imponente que, con el paso del tiempo, empezó a fragmentarse en busca de identidades propias.
Bajo la copa frondosa del palo e mango, sembrado casi un siglo atrás por don Eloy Quintero Baute, nació la expectativa de un departamento que tomara su nombre del río Cesar. Si el tronco hablara, repetiría los discursos encendidos de Clemente Quintero Araujo, las pasiones de Crispín Villazón de Armas, las discusiones entre mi tatarabuelo, Camilo Baute Pavajeau, y Aníbal Martínez Zuleta sobre cómo financiar un nuevo departamento. También resonarían las carcajadas de Darío y el Turco Pavajeau Molina, capaces de convertir cualquier sobremesa en tertulia política, las algarabías folclóricas de mi tío, Manuel Pineda Bastidas, y las frases certeras de la cacica, Consuelo Araújo.










