COLUMNISTA

Mi otro yo

Hace algunos días me llamó la atención una antología de cuentos del escritor mexicano Alberto Chimal, llamada “Las estancias secretas”, y vaya que me sorprendió.

Por: Jairo

@el_pilon

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Hace algunos días me llamó la atención una antología de cuentos del escritor mexicano Alberto Chimal, llamada “Las estancias secretas”, y vaya que me sorprendió. Cada uno de los cuentos o historias, como prefiero llamarlas, despertó en mí una insospechada curiosidad por darme más a la tarea de reflexionar sobre lo que es la verdadera realidad y dónde inicia la ficción en nuestras vidas.

Y creo, que la realidad como la señalan ya no nos alcanza y así como el autor lo sabe y se ha dedicado a salvaguardar la imaginación de una forma insólita, envidiable para cualquier escritor, cualquiera puede hacerlo sin temor a atravesar la delgada línea de la cordura y perderse en lo que muchos considerarían locura.

Cada uno de nosotros tiene historias para contar y otras para guardar, historias repletas de recuerdos, memoria e imaginarios que al final no sabemos si son producto de nuestras mentes o si alguna vez en realidad sucedieron. Pero lo cierto es que cuando uno guarda silencio se escucha a sí mismo como un parlanchín que jamás deja de hablar. Nos cuestionamos, nos ufanamos, nos reprochamos, nos engrandecemos, nos empequeñecemos y hasta nos transformamos en otras personas, comunes y corrientes, héroes o villanos, o hasta en animales o seres imaginarios que a veces imaginamos. 

Traspasamos las fronteras de lo natural a lo antinatural o sobrenatural, ignorando que es necesario, pues la presencia de lo sobrenatural, por ejemplo, es indispensable para el equilibrio; son nuestros puntos de fuga para el horror y el espanto como miembros activos de una sociedad que transita en ellos cotidianamente. 

Cada vez que nos hablamos a nosotros mismos hacemos posible lo imposible, dándole plena credibilidad a la probabilidad de que algo que nos parezca tan extraño pueda ser posible. Desestabilizamos el factor o la noción del tiempo, y me aferro más a mi tesis que este no existe, al igual que el espacio de lo cotidiano y así como dice el autor de creer que el “Yo” es el único e indivisible. 

Por eso, intentar entender o pretender analizar uno de sus cuentos sería infructuosa la tarea, pues solo nos dejaría más interrogantes que respuestas y terminaríamos perplejos de qué puede ser real y qué no. 

Imagínense que un día suena nuestro teléfono y quien habla es uno mismo. “… Recibí una llamada: era yo, desde un teléfono que perdí el año pasado…”. Parece una locura, ¿cierto? Pero ¿no creen ustedes que es algo que hacemos todo el tiempo? ¿Hablarnos nosotros mismos? Y no nos lo estamos imaginando. Entonces no nos queda sino admitir que debemos surcar por rutas en apariencia pocos convencionales para confrontar nuestra propia imaginación y empalmar la realidad con lo que supuestamente no lo es.

Cuantas veces cavilamos y soñamos despiertos, si es que puede decirse que soñamos; por lo menos, yo no lo catalogaría de esa manera, pues las bifurcaciones de nuestro imaginario son tan incomprensibles como la de cualquier escritor que se atreve a plasmar en el papel lo mismo que otros tal vez han pensado. Leer este libro me ha enseñado que la imaginación se anuncia como un espíritu que analiza o confronta todo a partir del acto de escribir para volverse concreta y que nos recuerda, a su vez, que desde que se contó la primera historia los signos se posaron en la memoria de todos los hombres para sacar sus secretos, los secretos de nuestra naturaleza humana, que para nuestro bien o para nuestro mal se han esparcido por el mundo.

Entonces, mis queridos lectores, no temamos contestar la llamada nuestra cuando queramos conversar con nosotros mismos, que no nos preocupe que se nos tilde de locos cuando la fantástica realidad de la verdadera cordura es atravesar la frontera hacia la locura sin prevención alguna. Digámonos lo que tengamos que decirnos, al fin y al cabo, si no nos escuchamos a nosotros mismos, es mejor apagar e irnos   

Por: Jairo Mejía.

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