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¡Lo que al Valle llega, se queda!

Valledupar es una ciudad de calles largas como las piernas de ciertas mujeres, tiene un placer y unas costumbres muy propias, pero por razones de crecimiento tienden a olvidarse, nuestras guerras cercanas y propias nos llenaron de personas con otras costumbres, la mayoría sin ninguna, que hicieron de este pueblo grande, con su cuota de desorden, el derecho a llamarse ciudad.

¡Lo que al Valle llega, se queda!

¡Lo que al Valle llega, se queda!

Por: Edgardo

@el_pilon

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Valledupar es una ciudad de calles largas como las piernas de ciertas mujeres, tiene un placer y unas costumbres muy propias, pero por razones de crecimiento tienden a olvidarse, nuestras guerras cercanas y propias nos llenaron de personas con otras costumbres, la mayoría sin ninguna, que hicieron de este pueblo grande, con su cuota de desorden, el derecho a llamarse ciudad.

Primero llegaron las gentes de los Santanderes huyendo de sus violencias políticas, con sus mujeres de piel clara, sus ojos verdes y grises, que luego de incorporarse a nuestros raza criolla, no tan guapos ni guapas, cuyos rezagos pueden verse por el barrio “Cañaguate” cuyos últimos ejemplares pueden verse cualquier tarde en el cementerio central en los entierros de sus mayores. Esas mujeres santandereanas mejoraron de una u otra manera nuestro hato humano y toca agradecerles; sin ellas nuestra raza genética no tuviera tantos cambios favorables.

Recordando costumbres, hace muy pocos años cambiaron los antiguos pañuelos por unas tiras largas que llaman poncho, algunos incluso lucieron carrieles sin saber para qué, pero los usaron, hoy por gracia ya olvidaron esa cartera paisa que tiene más secretos que el propio Benedetti, al decir de los críticos políticos actuales. 

Hace pocos años no sé de donde trajeron unas semillas de un tal cardamomo, y todos estaban mascando esa vaina sin saber para qué, al tiempo llegaron unas muchachas de regular belleza y con unos jarrones llenos de hielo, boldo, sábila, agua de flor de Jamaica, le echaba un producto dizque afrodisíaco y la cola de viejos y jóvenes tarde a tarde es espectacular, ya se están  aburriendo y saben que no funciona para nada, ni siquiera para soluciones de camas, ni desinflamante de nada, porque entre otras cosas no cumplen ningún efecto, ni revive ni activa nada, las mismas mujeres consultadas aseguran que nada endurece en los consumidores.

Al tiempo llegaron los entierros con música de altos volúmenes, dizque para complacer a quien va dentro del féretro, generalmente con anotaciones policiales, o una vida que no puede llamarse ejemplar, aparecieron los mototaxistas y se adueñaron de calles, avenidas, barrios, parques, sin respetar una sola señal, al tiempo se volvieron “domiciliarios” unas joyitas que no saben para qué sirven los semáforos, pero resultaron sobrinos de los mototaxis, y todo sigue en aumento; ningún alcalde  ni quiere ni puede hacer nada para su control, menos para su organización, mientras la empresa de buses urbanos, SIVA, se quiebra a la vista de todos.

Ni para qué hablar de estancos con sus fumadoras de humos llamadas vapeadores, cuyo único requisito es tener cuatro aretes en cada oreja, siete tatuajes corporales, cinco piercings entre el ombligo y la zona de venus, unos ojitos de gatita inocente, y ya son las reinas de bailaderos, centros comerciales, incluso colegios y universidades.

Pero ya viene Semana Santa y Festival vallenato con sus políticos capitalinos despistados por la misa del Ecce Homo, algunos buscando la casa del “Compai Chipuco”, nuestra clase dirigencial con sus parrandas tradicionales y otros huyendo para no invitar y nuestro guía cultural puede ser  cualquier Topo Giggio criollo con título prestado de influyente. Aquí a cualquier vaina le llamamos maestro y eso también es importante. ¡Y no es delito! Un chorrito de lo que viene creo es necesario.

Por: Edgardo Mendoza Guerra.

Tiro de chorro

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