Continuación. Las mónadas de Leibniz son sustancias metafísicas, sin extensión física, mientras que las ondas-partículas cuánticas son entidades físicas que se describen con modelos matemáticos. Estas semejan más a los átomos del filósofo presocrático Demócrito. Las ideas suelen tener su propia historia de concatenación y combinación. Leibniz negaba que las mónadas interactuaran causalmente; en la física cuántica, las partículas interactúan mediante fuerzas y campos.
La filosofía de Leibniz se basa en un paradigma metafísico y racionalista; la física cuántica se fundamenta en experimentaciones y precisiones matemáticas.
Aunque las mónadas y la física cuántica pertenecen a contextos diferentes —uno filosófico y metafísico, el otro empírico y científico—, ambas ideas confrontan la naturaleza de la realidad, la percepción y la estructura fundamental del Universo. La analogía de Leibniz puede ofrecer una perspectiva filosófica sobre la naturaleza de la realidad cuántica, sugiriendo que lo que percibimos como objetos físicos podría ser reflejo de percepciones internas o estados de una realidad más profunda y acaso espiritual. Aunque se podría afirmar que la relación no es causal propiamente, sino conceptual y filosófica. Esto es, la filosofía de Leibniz podría proporcionar un marco interpretativo que enriquezca la comprensión de la naturaleza cuántica, y viceversa, esta podría inspirar nuevas reflexiones filosóficas sobre la percepción y la realidad material o espiritual.
Encuentro interesante que ambos enfoques planteen una conexión posible. La dualidad onda-partícula, con campos electrónicos que guardarían información más allá de la muerte física, puede pensarse como memoria o alma espiritual, semejante a las mónadas entendidas como percepciones internas. Así, no parece extraño asociarlas con la espiritualidad esotérica, religiones orientales y occidentales, y la dualidad cuántica.
Ilustro con dos situaciones. La primera, la novela Entre Ceja y Ceja, El sexto chacra del escritor Jorge Juan Bendeck Olivella, presentada en Felva 2025, donde tuve el honor de moderar. La protagonista recurre a meditaciones, prácticas esotéricas y oraciones cristianas, y a todas atribuye su sanación espiritual. La esencia profunda de ambas experiencias, pese a matices, parece ser la misma.
La segunda es personal. En 1960-62 viví en Roma en la Residencia Universitaria Internacional (RUI), mientras adelantaba estudios de jurisprudencia. Allí conviví con 70 estudiantes de diversas culturas. Tuve un director espiritual que integraba la espiritualidad hindú y la cristiana católica: su padre era del subcontinente indio y su madre española. Era sacerdote, filósofo, teólogo y políglota. De él fui aprendiz corrector de pruebas filosóficas. Tenía 46 años, rostro aguileño, cuerpo delgado y porte hidalgo, semejante a miembros de mi familia Aponte López. Miro entre nosotros a Efraín Aponte Martínez. Se llamaba Raymundo Paniker, a quien llamábamos don Raymundo.
Años después supe que había dejado el sacerdocio, viajó a la India y luego regresó a España. Se radicó en Tavertet, Cataluña, donde fundó el centro de estudios interculturales Vivarium y adoptó el nombre de Raimon Panikkar. Allí, envuelto en un manto de su India natal, promovió diálogos interreligiosos, viajó por el mundo, incluso dialogó con Heidegger, y convirtió su casa de Can Felo en un espacio de encuentro y reflexión. Allí residió hasta su muerte en 2010.
Continuará.
Por: Rodrigo López Barros.







