Playa, brisa y mar suelen ser sinónimo de vacaciones, pero, si incluye tiburones, profundidades y marea alta, no todo el mundo se apunta al plan.
El mar, así como las personas, tiene su rol social, el cual es visible por todo el mundo. Pero, así como el mar cuenta con misterios y peligros de los que nos debemos aprender a cuidar, los seres humanos también guardamos en nuestro interior cosas que debemos saber manejar; y así como aprendemos a respetar las profundidades del mar, debemos aprender a respetar las profundidades de las demás personas.
A la hora de relacionarnos, el ser humano cae en la fantasía de estar frente a otra persona igual que él o ella, y no es así. Además de ser educados por familias, con costumbres y tradiciones distintas, con el tiempo, cada quien desarrolla una forma de pensar completamente diferente, lo cual le permite contar con estrategias y recursos diversos para afrontar la vida. Por ejemplo, dos niños que fueron vecinos durante la infancia, pudieron haber recibido una educación más o menos similar por sus padres, permitiéndoles además, crecer en el mismo barrio y compartir en el mismo colegio, relacionándose con las mismas amistades, pero al pasar los años, cada uno comienza a vivir situaciones particulares en su entorno laboral, social y afectivo, que los lleva a sentir, pensar, actuar y ver la vida, de manera diferente. Podemos vivir las mismas experiencias, pero no sacar las mismas conclusiones.
Existen personas, que, frente a una adversidad, corren para salvar sus vidas, mientras otras, luchan por salvar la vida de alguien más. Para algunos las cáscaras de las verduras son basura, para otros, es abono. No todo el mundo disfruta y valora, el poder establecer una conversación con alguien más, mientras unos no toleran escuchar los problemas de otras personas, también existen quienes se toman como personal, todo lo que les dicen. Las conversaciones profundas, son interesantes para algunos, pero retadoras y evitadas por otros.
El mar es reconfortante durante el día, disfrutando de sus playas, y siguiendo las debidas precauciones para no quemarnos por excesiva exposición al sol. De noche, con marea alta, o en sus profundidades, ya las cosas son diferentes. Con las personas ocurre lo mismo, cada quien guarda en su interior cosas, que los demás deben aprender a respetar, unos disfrutarán de nuestros días soleados, y otros nos acompañarán durante la marea alta, a enfrentar los tiburones.
Es normal que algunos teman entrar en las profundidades de otra persona, pero, aún así, no debemos forzar a nadie a limpiar sus aguas de la misma forma en que nosotros lo hacemos; cada quien cuenta con sus propias herramientas para enfrentar la vida, y si no las tiene, poco a poco aprenderá a desarrollarlas. Si deseas ayudar a alguien a renacer de sus profundidades, no te tires al mar por ella, enséñale a nadar.
La enseñanza del mar es aprender a ser majestuosos, comprendiendo que tenemos olas que algunos disfrutan, y remolinos que muchos ni siquiera conocerán; no importa quien entre en tu vida, nadie puede juzgar lo que habita en tu profundidad, eso sí, mira con amor tu pasado, aprende las lecciones, y nunca intentes criticar, el oleaje de alguien más.
Por: María Angélica Vega Aroca.
Psicóloga







