En el último párrafo de mi columna anterior escribí acerca de una tercera caverna, representada por la cabeza obnubilada por las fantasías de don Quijote y la razonabilidad representada por Sancho Panza. En esta columna acompaño a don Quijote y Sancho a su caverna, donde el Caballero Montesinos dará una charla sobre ética.
Nos encontramos en los capítulos 22 y 23 de la segunda parte de don Quijote, “La Cueva de Montesinos”. En un momento de sus andanzas, cuando las aventuras parecían ya agotadas entre batallas, encantamientos y molinos, don Quijote, acompañado por su escudero Sancho, se encuentran de pronto frente a la entrada de un lugar penumbroso al que el hidalgo duda entrar, pero finalmente ingresa.
Allí se encuentra una cueva insondable, tan profunda como la imaginación de don Quijote, que guarda en su interior secretos que desafían el sentido común. En su seno, la razón se oscurece y aparece la fantasía, donde lo imposible se presenta con la naturalidad de lo cotidiano.
Del fondo de la caverna emergen figuras que no son de este mundo, sombras que hablan con voces humanas y, a la vez, como susurros y barruntos de la memoria. Entre ellas, un viejo consejero, el Caballero Montesinos, surge entre las brumas del tiempo y ofrece a don Quijote una visión de sus amargas penurias y, al mismo tiempo, de las venturas que podría haber vivido si hubiera abrazado otros designios. Este caballero andante, que podría ser la voz de la consciencia, le propone un relato paralelo de su vida, como si fuera una película interior, con los actos que podrían haber cambiado el curso de sus hechos.
En ese recinto fantástico, el hidalgo escucha con atención, y cada palabra parece ser un espejo que devuelve su propia imagen de manera distinta. Se le habla de batallas que nunca ocurrieron y de triunfos que nunca se celebraron, de amistades que podrían haber consolidado su fama y de desengaños que lo habrían hecho abandonar la senda de la caballería. El que habla afirma conocer el secreto de la verdadera gloria, no la gloria que se persigue con la lanza, sino la que brota del entendimiento de la propia fragilidad y de las nonadas de los honores mundanos.
Sancho, siempre práctico y cercano a la vida cotidiana, observa con mezcla de asombro y recelo cómo su señor se sumerge en ese abismo de fantasías. El escudero escucha y, aun así, sin perder la sencillez de su ingenio, intenta interpretar aquello que parece estar fuera de la realidad. En su papel, Sancho representa la voz de la experiencia terrenal, la realidad de los mercados, los asuntos de la tierra, de los hombres simples que viven sin fantasías y que cargan con sus propias verdades. A su manera, Sancho intenta extraer una enseñanza práctica, pues las promesas del mundo de arriba no deben cegar la vista de lo que es honesto y útil en la vida cotidiana.
La caverna, en su misterio, parece un lugar de pruebas en el que el inmenso mundo de las fantasías y las verdades se entrecruzan con la ética de la acción y la responsabilidad de escoger. Don Quijote escucha, piensa y, con la serenidad que le otorga la experiencia de las aventuras, evalúa si la visión que se le ofrece debe orientar su camino futuro. Comprende que el poder de la imaginación puede ser tan salvador como peligroso: puede dar sentido a la existencia cuando la realidad parece deshacerse, pero también puede engañar y aumentar la distancia entre lo que se quiere y lo que se debe hacer.
Al final, la cueva pareciera desaparecer, dejando al caballero y a su escudero de nuevo al borde de la frontera entre la realidad y la ficción. No hay promesas cumplidas ni respuestas concluyentes, solo la certeza de que la vida requiere juicio y moderación, y de que la caballería es una misión que debe sustentar su sentido en la verdad que cada uno está dispuesto a reconocer. Salen de la penumbra con la mente más grave y, a la vez, con una chispa de humor que les recuerda que, incluso frente a lo imposible, la dignidad del pensamiento y la lealtad a uno mismo siguen siendo las mejores armas. Y así, entre sueño y vigilia, continúan su viaje, conscientes de que toda grandeza, para ser verdadera, debe sostenerse en la cordura de un hombre que sabe distinguir entre lo que desea ver y lo que la vida, con su cruda realidad, le revela.
Estas últimas sensatas reflexiones parecieran salvar la cordura con la que los líderes de los pueblos deberían dirigirlos y no exactamente lo contrario, que es lo que infortunadamente suele ocurrirles, víctimas de sus propias ficciones en perjuicio de las poblaciones.
Por: Rodrigo López Barros.







