13 junio, 2020

La literatura de Manuel Zapata Olivella: reflexiones sobre un malicioso olvido

Para Zapata Olivella la literatura no era solo un instrumento de denuncia como han pretendido algunos críticos, era además un canal abierto por medio del cual los dioses dan mensajes a los hombres sobre la belleza, la filosofía, sobre la vida.

Manuel Zapata Olivella, escritor colombiano. 

FOTO/CORTESÍA.

En el prólogo a la edición conmemorativa de sus libros ‘Pasión vagabunda’ y ‘He visto la noche’, publicada por el Ministerio de Cultura en el 2000, Germán Espinosa se pregunta si “¿Era Manuel un escritor que erraba por el planeta o, más bien, un errabundo que comenzó a escribir para narrar sus errancias?” La respuesta es evidente: Manuel Zapata Olivella era un escritor de cuerpo entero.

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Basta revisar que mientras escribía ‘Changó, el gran putas’ – tal como lo señala Darío Henao, en el prólogo a este libro (2010) -, Zapata aprovechó una visita a Senegal en 1974 para pasar una noche en la fortaleza de Isla Goré, desde donde los esclavos africanos eran enviados a América. Su propósito: permanecer desnudo en aquella fortaleza solitaria, sentir el frío, la cercanía de alacranes y ratas, revivir en carne propia la angustia de sus ancestros la noche previa a un viaje negrero, para poder relatarlo en su novela.      

El Ministerio de Cultura declaró el año 2020 como el ‘Año del Centenario de Manuel Zapata Olivella’. FOTO/JOAQUÍN RAMÍREZ.

Esta entrega y este respeto por la literatura no lo abandonaron jamás. Una noche en que lo visité en el Hotel Dann pude escucharlo recitar fragmentos del largo poema con el que inicia Changó: “Dame, padre, tu palabra/ La palabra evocadora de la espada de Soundjata/ ¡Padre Kissi-Kama, despierta!/ Aquí te invoco esta noche”.

“¡Ah…! …Yo nunca, ni antes, ni después había escrito ni escribí poemas. Estos versos me los dictó Eleguá” – exclamó. Esa sorpresa ante los renglones de su obra es una clara alusión a su postura ritual de la literatura. Voz prestada por los dioses.

La figura de Manuel Zapata Olivella abarcó tantos ámbitos que en ocasiones se le limita a su papel como folklorista o antropólogo y, de manera maliciosa, suele olvidarse su trabajo como escritor de ficción. O cuando se le recuerda suele etiquetársele como exponente del realismo social o como un escritor comprometido –marquilla que generó tanto resquemor entre los escritores y lectores que rondaron las postrimerías del boom latinoamericano-. Esta actitud encarna cierta injusticia. Es posible que obras como ‘Tierra mojada’, ‘Chambacú: corral de negros’ o ‘Detrás del rostro’, muestren esta faceta en la obra del cordobés; pero sería imposible limitar textos como ‘La Calle 10’, ‘En Chimá nace un santo’, ‘Hemingway: el cazador de la muerte’, ‘Changó: el gran putas’, e incluso su novela inédita ‘Itxao, el inmortal’, a dicho ámbito.

Si bien es cierto que lecturas de autores como Gorki dejaron en él una estela realista también es cierto que asimiló a los norteamericanos Hemingway, Steinbeck o Faulkner, quienes de una u otra forma se constituyeron en renovadores de la técnica literaria de su tiempo. Recordemos que ya al principio de la década del cuarenta había realizado un extenso viaje por Norteamérica en el que conoció al poeta Langston Hugues, con quien intercambió lecturas y referencias.

Novelas como ‘La calle 10’ marcaron una revitalización de las posibilidades artísticas de la literatura colombiana. No en vano el tratadista John Brushwood dijo de ella que era una de las novelas que introducía la modernidad en Colombia.

Así mismo, ‘En Chimá nace un santo’ es señalada por Germán Espinosa, como “…un hito no siempre reconocido” de nuestra literatura. No en vano fue finalista en el Concurso Seix Barral (1962) y el Premio Esso de novela (1961); ‘Detrás del rostro’ ganaría este mismo concurso en 1962; ‘Chambacú: corral de negros’ ganaría el prestigioso Casa de la Américas en 1963. Por su parte, en Brasil el importante reconocimiento Francisco Matarazzo Sobrinho, le fue concedido en 1985 a ‘Changó, el gran putas’, con la anuencia de un jurado presidido por Jorge Amado.

La importancia de estos premios no radica en los galardones considerados en sí mismos, sino en que para el momento histórico en que se otorgaron se buscaban voces renovadoras de la estética latinoamericana que fueran capaces de dar un nuevo discurso a un continente que pujaba por su independencia, esta vez artística. Recuérdese que su nombre aparecía en estos premios junto a nombres como los de Mario Vargas Llosa, Héctor Rojas Herazo o Gabriel García Márquez, quienes vinieron a constituir la punta de lanza de esta renovación.

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Manuel Zapata había entendido a tal grado el momento que efervescencia que fundó su revista ‘Letras Nacionales’ (1965-1985), desde la cual se abrió un espacio para los escritores de la nueva generación: Oscar Collazos, Luis Fayad, José Luis Diaz-Granados, Roberto Burgos Cantor, René Rebetez, entre otros.

Como señala Diana Camacho, en un interesante artículo sobre el trabajo de la revista:

“(…) Letras Nacionales fue una plataforma de difusión y promoción de escritores de la más diversa índole congregados bajo una premisa común: expresar el carácter creativo de la realidad colombiana, dándole cara y tribuna a una auténtica literatura nacional. Una intención que se enmarca dentro un más amplio proceso contrahegemónico surgido desde las periféricas regiones colombianas en la década de los cuarenta como respuesta a la intelectualidad liberal bogotana y santandereana que confundía la ‘buena literatura’ con la ortodoxia gramatical”.

Capítulo aparte merece su literatura de viajes, a la cual los críticos nacionales aún no han dado su justo lugar. La literatura de viajes viene a constituir un género autónomo “A caballo entre…Geografía y Literatura…”, estudiado por los críticos y analistas como una de las vertientes del inmenso sistema literario. No es un género menor sino un campo de creación y estudio suficientemente consolidado.  En él se inscriben algunas obras de nombres contemporáneos tan importantes como Gide, Kerouac, Bowles, Nooteboom, Theroux o Naipaul, para citar sólo algunos.  En este campo, el aporte de Zapata Olivella a las letras colombianas es fundamental.

Los escritores Gabriel García Márquez y Manuel Zapata Olivella.

Zapata percibía el viaje como una liberación. “En esta pasión vagabunda” – decía él- “…hay dos grandes autores que influyeron de una manera decisiva para ser vagabundo. Pero también para tener una concepción de la vida del hombre trashumante, no del hombre anclado… en un lugar”.  Estos dos autores fueron Panait Istrati – el célebre autor húngaro que narraría su errancia en textos como ‘Mi tío Mijail’, ‘El pescador de esponja’, ‘Bajo el cielo de oriente, por los cardos de Barragán’ – y Jack London, quien fue corresponsal en la primera guerra mundial y en sus textos dejó la sombra del viajero incansable.

 Con sus libros ‘Pasión Vagabunda’, ‘He visto la noche’, ‘China 6.a.m.’, su obra teatral ‘Hotel de Vagabundos’ y – en parte- ‘Levántate mulato’, Zapata se inscribe en esta tradición, convirtiéndose, seguramente, en el autor colombiano que más aportes hizo a la misma, al asumirla, no como un ejercicio accidental, sino como un género canónico que debía explorarse tan a fondo como los otros.

Para Zapata Olivella la literatura no era solo un instrumento de denuncia como han pretendido algunos críticos, era además un canal abierto por medio del cual los dioses dan mensajes a los hombres sobre la belleza, la filosofía, sobre la vida. Es revelación. En ese camino realizó planteamientos técnicos audaces; ninguna de sus novelas tiene una estructura igual: ‘Tierra mojada’ sigue las lecciones de Icaza y Ciro Alegría; en ‘La calle 10’ hace presencia una clara técnica cinematográfica; En ‘Chimá nace un santo’ tiene una prosa ágil y condensada que agota el universo en un pequeño pueblo del Caribe; ‘Hemingway’ avanza entre el relato biográfico y mágico; ‘Itxao’ es una divertida ficción; ‘Changó’ es un inmenso fresco de técnicas e historias desde el poema y el realismo a lo barroco. Y ni hablar de los planteamientos técnicos contenidos en su obra teatral como en ‘Hotel de Vagabundos’ (1955), ‘Caronte Liberado’ (1971) y la tarea adelantada a través del ‘Teatro Anónimo Identificador’.

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Al respecto, vale la pena citar las palabras de la académica Cristina Rodríguez Cabra, quien en su artículo Manuel Zapata Olivella excluido del Boom, ha señalado:

“Como fue mencionado, Tillis analiza dos novelas de Zapata Olivella escritas durante la década del Boom: ‘En Chimá nace un santo’ y ‘Chambacú, corral de negros’ ambas publicadas en 1963, estableciendo que el desarrollo estético de las mismas incluye técnicas y recursos literarios similares a los utilizados por Fuentes, Vargas Llosa, Cortázar y García Márquez. Entre los elementos compartidos por estos autores destacan: el realismo mágico, la narración variada y una escritura que refleja el fluir de la conciencia. Los elementos del Boom identificados en el análisis de Tillis son: narración no cronológica, múltiples puntos de vista o narradores, alteración de la forma y la inclusión de elementos fantásticos, entre otros.

“(…) En mi investigación reconozco la presencia de elementos de la nueva novela, del Boom y del postmodernismo en la obra de Zapata, comparables a los desarrollados por Juan Rulfo en ‘Pedro Paramo’, Augusto Roa Bastos en ‘Hijo de Hombre’ y Gabriel García Márquez en ‘El general en su laberinto’”.

 ¿Por qué los críticos no han visto esto? ¿Han asumido, acaso, la postura limitante y fácil de la estigmatización?  

Por: Luis Mario Araújo Becerra