Al menos 20 familias primarias iniciaron un cruce genético hace 200 años para llegar a lo que es hoy la gran provincia del cacique Upar, según la investigación hecha por Alfredo Mestre Orozco editada en sus obras “Los grandes de mi tierra” y “Los hijos de los curas”. Algunas de estas familias hicieron cruces endogámicos desafiando una posible degeneración al compartir posibles genes recesivos; con frecuencia encontramos nombres de nietos con los mismos apellidos del abuelo.
Este es un trabajo monumental descriptivo bien soportado con las partidas de bautismo que debió costarle mucho tiempo, dedicación y dinero, sin que aún se le haya hecho el reconocimiento que merece; creo que en pocas partes del país se ha realizado un trabajo de esta naturaleza. Faltaría agregarle un estudio socio antropológico.
Aquí está nuestra base genética; los primeros pobladores vinieron, en su mayoría, de España a través de Cuba hacia donde la corriente del golfo de México impulsaba las calaveras; eran aventureros, llegar hasta acá, tierra inhóspita y aislada, no sería un atractivo para la “nobleza” española, prosapias no tenemos.
Tengo un sueño y es que Valledupar tenga un gran muro, patrimonio cultural, donde podamos ver cómo evolucionamos; esto podría ser un atractivo turístico. La idea es armar árboles genealógicos que enlacen esta realidad con una visión pedagógica y eficaz; las casi mil páginas de “Los grandes de mi tierra” podrían reducirse a menos de cien. Lo digo porque en unos 30 árboles que yo he elaborado, ya he cubierto casi la mitad del contenido del libro. Dentro de esos cruces primigenios, quizás el de mayor impacto lo produjo el casamiento entre Rafael Araújo e Isabel de Armas, una tía tatarabuela mía; además, muchas de las familias representativas política y económicamente de esta comarca, hoy, portan el ADN “de Armas”. Todos los Araújo de la región provienen de allí. La penetración fue total; el padre de Toño Salas se llamaba Rafael Araújo y el papá de Emiliano Zuleta Baquero viene de Salomón Zuleta, hijo de Bernardo Araújo Herrera, biznieto de Rafael Araújo e Isabel de Armas. El mundo es un pañuelo.
Esta investigación ha servido para desmitificar algunas afirmaciones respecto a la ascendencia que María Concepción Loperena tiene sobre Pedro Nolberto Castro Araújo (PN). Hay dos hechos simultáneos que, analizados, nos darían luces: Raimunda Araújo Triana, hija de Rafael José Araújo de Armas y María Josefa Araújo Corzo, hija de José Antonio Araújo de Armas, eran primas hermanas. Con Oscar Trespalacios C., Raimunda tuvo una hija natural llamada Ana Rosa Trespalacios Araújo y un hijo llamado Carlos Araújo Trespalacios a quien Oscar no reconoció. De igual manera, María Josefa tuvo un hijo natural no reconocido, con José María Fernández de Castro Loperena registrado como Pedro Nolberto (PN), coetáneo con Raimunda, sobrino segundo; el reconocimiento se hacía al momento del bautizo.
Allí surgió algo curioso: a PN lo registraron Castro Araújo, eliminando el “Fernández de”, creando el Castro no visto en las generaciones anteriores. Hace algunos meses leí en redes un escrito de Ernesto Altahona, defensor de esta causa, donde explicaba que a PN le negaron el apellido porque embarazó a una prima de apellido Trespalacios, pero la única con ese título era Ana Rosa, casada después con Celso Castro Baute, hijo de PN. Algo andaba mal a nivel familiar.
Según relata “Fello”, PN sufrió un “atrincheramiento” saliendo de Valledupar para La Paz del cual salió herido, muerto después por tétano a la edad de 40 años. Dice la fuente que el autor fue Bernardo Araújo Triana, hermano de Raimunda.
¿Por qué atentar contra su pariente? ¿Vengar una afrenta? Bernardo después murió ahogado en Atánquez. ¿Lo ahogaron? Debió ser en El Mojao. Hoy, la única forma de demostrar esta herencia es comparando el ADN de los Fernández de Castro, dueños de la franquicia, con el de los Castro que aseguran ser descendientes de María Concepción Loperena. Esta prueba es viable porque tanto los Fernández de Castro como los Castro existen, no se requieren fósiles de nadie. ¡Háganla!
Por: Luis Napoleón de Armas P.







