Luego de más de una hora de viaje desde Manaure hacia la serranía de Perijá, la señal telefónica se pierde y en la vía empiezan a ser comunes los baches de agua. Más que por el invierno, cuando la ruta se aproxima a los 3.000 metros de altura sobre el nivel del mar, la tierra se hace húmeda y la neblina incomoda la visibilidad por la presencia de una de las fábricas de agua más importante del Cesar.
En el camino destapado e inclinado, el verde tradicional del bosque tropical va cediendo ante el rubio predominante del sector más alto de la serranía de Perijá. En la mayor parte del paisaje, el bosque es bajo y joven. Recién empieza a recuperarse de una de las catástrofes ambientales más largas y extensas que sufrió el Cesar: la devastación casi total de la vegetación de la serranía de Perijá.











