6 febrero, 2015

Julio Oñate recuerda sus amores con Celina González

El compositor y folclorista vallenato, Julio Oñate Martínez recordó los lazos fraternales que lo unieron a la ‘reina de la música campesina de Cuba’, Celina González, que murió esta semana en la isla caribeña.

Los recuerdos de los amores con Julio Oñate quedaron en las fotografías que él guarda con cariño. JAIDER SANTANA/ EL PILÓN.

La última vez que Julio Oñate Martínez vio a Celina González Zamora fue hace diez años. Su admiración por la música cubana, especialmente por la campesina también conocida como música guajira, lo llevaron en el año 1987 a visitar a Cuba, únicamente para conocer a la mujer que inmortalizó a Santa Bárbara con su composición ‘Que viva changó’.

Desde el primer momento en que se conocieron quedaron conectados. Había magia en esa relación, la misma que hoy hace sentir nostalgia y tristeza en el corazón de Julio Oñate. En entrevista con EL PILÓN recordó a la cantante y compositora cubana, Celina González, conocida también por el dúo que formó junto a su esposo Reutilio Domínguez, con quien se casó y se separó después de 20 años de vida amorosa y artística.

Santa Bárbara bendita/
para ti surge mi lira /
Santa Bárbara bendita /
para ti surge mi lira /
Y con emoción se inspira /
ante tu imagen bonita /
Que viva changó Que viva changó /
Que viva changó Señores /

EL PILÓN:¿Cómo conoció a Celina González?
Julio Oñate: Cuando yo coleccionaba música cubana, en el año 87 fui a Cuba exclusivamente a conocerla. Unos amigos del grupo Manguaré que yo había conocido en Cartagena, me hicieron el puente. Le dijeron: “mira Celina viene un colombiano únicamente a conocerte”. Programaron una reunión un día después de mi llegada en la casa de Alonso Peroza del grupo Manguaré, ella llegó como a las 11 de la mañana. La verdad es que a mí me sorprendió porque ella era supremamente bajita, venía con una sudadera amarillo claro, pañoleta, gafas oscuras y tacones. Imagínese sudadera con tacones, porque si no se ponía tacones pasaba desapercibida donde estuviera. Venía trasnochada.

E.P: ¿Y hubo química enseguida?
J.O: Me dijo: mira muchacho lo que has hecho. Me acosté a las seis de la mañana, dormí tres horas y vine porque me dicen que un colombiano viene solamente a conocerme. Se presentó con una botella de Dom Pérignon que le había regalado Raúl Castro, me dijo te traigo este regalo. Nos la tomamos, almorzamos y se formó ahí la parranda con los del grupo Manguaré, trajeron los instrumentos. Ese día cantó, me dedicó coplas, ella era una gran decimera. Yo seguí yendo a La Habana, fui como seis, ella en su casa me cocinaba, le encantaba la carne picada con fríjoles.

E.P: ¿Ella venía con frecuencia a Colombia?
J.O: Ella se moría por venir a Barranquilla. Conseguí con unos empresarios de una caseta de Barranquilla que la trajeran, ese año vino, estuvo en el Festival de Orquestas, pero se fue quizás un poco defraudada porque ella pensó que le iban a dar un reconocimiento en Barranquilla y no lo hicieron.

E.P: ¿Qué hicieron en ese primer encuentro en Colombia?
J.O: La llevé al mar. La llevé a Puerto Colombia, porque ella a cada ciudad porteña que iba por cuestión de su formación espiritual debía pagar una ofrenda de flores y frutas. Entonces compramos uvas, manzanas, rosas y otras flores y fuimos al muelle viejo de Puerto Colombia y ella hizo una invocación, unas plegarias y tiró las rosa y las frutas al mar. En Barranquilla la atendí, la llevé a una parte a otra, la llevé a una sastrería famosa, le mandé a hacer un vestido precioso. Pero de las cosas que ella decía con orgullo es que le regalé una medalla de Santa Bárbara que le conseguí en Miami, ella vivía orgullosa porque para un cubano tener una joya en esa época, era muy difícil porque no tenían cómo.

E.P: ¿Le dio muchos regalos?
J.O: Además de eso, el busto, la imagen de Santa Bárbara que hay en su casa, tenía ya un poco la capa deslucida y ella me dio las medidas y aquí en Colombia le mandé a hacer una capa blanca con unos apliques, yo no sé si después se la cambió, pero en esa época se la puso. Ella tenía santos de su devoción, Santa Bárbara que es changó en el idioma yoruba, que manejan los santeros. Ella se defendía hablando yoruba. Inclusive en alguna ocasión que vinieron unos soberanos de África que trajo Fidel Castro, ella sirvió como intérprete, porque ella más o menos hablaba el idioma ese.

E.P: ¿Cuándo la vio por última vez?
J.O: Yo me quedé con una nostalgia inmensa porque no pude volver a Cuba, después de que ella se enfermó. La última vez que la vi fue como hace diez años, pero ella no dejaba de preguntar por mí, cada vez que podía le mandaba con alguien chocolates. Ella se moría por los chocolates.

E.P: Un momento especial que haya vivido con ella…
J.O: La devoción a Santa Bárbara era de una solemnidad. El día de la fiesta de Santa Bárbara empezaban a llegar los devotos a su casa, era como una velación lo que ella hacía, llevaban ofrendas, detalles y faltando cinco minutos para las doce de la noche, ella se ponía su mejor vestuario, y el hijo, Lázaro que le decían Reutilio Junior, se encorbataba, se ponía elegantísimo y los dos se ponían frente a la imagen de Santa Bárbara, y medio pueblo detrás, reinaba el silencio hasta cuando ella decía “ya llegó”. Y empezaba a cantar entonces Santa Bárbara bendita y uno sentía alguna sensación de que algo espiritual estaba pasando ahí. Así empezaba la fiesta que duraba hasta tres días en la casa de ella.

E.P: Los cubanos practican la santería, ¿ella también?
J.O: Una vez me sobrecogió, yo estaba en la casa de ella, ya habíamos almorzado y hacía un calor infernal esa tarde ahí en La Habana, de esas cosas que ella salió a la terraza de la casa y abrió los brazos y dijo algo en Yoruba y al terminar y enseguida un relámpago impresionante y se vino un aguacero. Yo no sé si ella le pidió al de arriba que lloviera, ese momento no se me olvida porque apenas termino de hablar en yoruba se dio el relámpago. De pronto fue una casualidad.

E.P: Los amores de Julio Oñate con Celina González, ¿cómo fueron?
J.O: Los amores nuestros fueron unos amores afectivos, espirituales de admiración. Ella me quiso mucho, me regañaba cuando en La Habana sabía que yo andaba por ahí con peladas, me insultaba. Yo la quise mucho.
Cuando ella cuando vino a los carnavales de Barranquilla, José Jorge Dangond era el gerente de Telecaribe, y nos la llevamos para la casa de él y ahí hicimos una parranda con Alfredo Gutiérrez. Ella vino muchas veces a Colombia, ella laboraba a Cali, pero esa fue la única vez que vino a Barranquilla. En esa parranda que fue para un cumpleaños mío, un 13 de febrero, Celina me improvisó una décima que no la recuerdo pero la tengo en un cassette grabada.

E.P: La reina de la música campesina cubana, su amiga…
J.O: Ella era la reina de la música campesina de Cuba, que es conocida como la música guajira, que se interpreta con el tres, laud, guitarra y algo de percusión. Dicen los cubanos que están fuera de Cuba y los que están dentro, que si Celina no se hubiera quedado en Cuba, ella hubiera sido la sombra de Celia Cruz, en dos estilos diferentes, Celina interpretando la música raizal y Celia con sus guarachas y sus boleros. Celina fue una gran compositora, dejó más de 50 LP grabados, lo que pasa es que después de la revolución del 58 que Castro cierra la frontera, la música no nos llegaba porque no dejaba salir nada de allá. El nombre de Celina González es para la eternidad.

Lo último que supo Julio Oñate de Celina González es que sus últimos años los vivió con mucha austeridad, porque el sistema no le permitía tener más. “Solamente cuando salía que compraba ropa, aunque ella no era mujer de lujos, le encantaba mucho una pañoleta, comía muchas frutas, en su casa había un jardín lleno flores. La verdad lo he sentido mucho”.

Por Ana María Ferrer /EL PILÓN