“Ayer, cuando yo estaba ahí en la conferencia, estaba el señor Carlos en la pantalla. Quería que la muchacha me diera el micrófono. La gente estaba preguntando muchas cosas, y algunas cosas buenas, y yo quería mencionar que Carlos, cuando andaba en esos pasos, igual que uno, éramos jóvenes, la adrenalina… No sabes lo que estás haciendo. Estás cometiendo errores, pero más daño estás haciendo a uno mismo, a la familia. En ese entonces la cocaína no tenía el estigma que tiene hoy en día. Los artistas del cine la utilizaban, los empresarios, la gente de dinero. Yo no sabía que era malo hasta unos años después, cuando empecé a ver gente con adicciones. Tenía un estatus. Y yo creo que los 33 años que Carlos hizo en la cárcel… es bastante. La gente no sabe qué tan difícil es ahí. Pagó por todos sus delitos que él hubiera podido cometer. Yo conozco gente… todos conocemos casos de homicidio, violación, crímenes muy agresivos y feos, con cinco o seis años en la cárcel. Él ya es una persona muy diferente a lo que era, y la gente debe entender eso”, inició Scott Anthony su conversación con EL PILÓN.
Scott Anthony había pensado alguna vez venir a Colombia, y esta vez era una ocasión especial. Desde niño travieso había tenido la tentación de los libros, pero que llegara a escribir su historia era una serpiente dormida en sus sueños. Pero cuando leyó el libro de Carlos Lehder, nadie le pudo impedir su determinación. Tomó avión en Guadalajara, donde ha vivido la mitad de su vida, sin dejar de ser un americano del norte, y se dijo: “¿Dónde quedará Valledupar?”. Logró un contacto con Carlos Lehder y le quedó claro su mensaje: “Allá nos vemos”.
Scott, nacido y criado en Chicago, es entrenador de boxeo y artes marciales. Llegó huyendo a México hace 30 años –“no tenían rumbo las velas, y los malos pasos tampoco, y me llevaron”, dice– y se estableció en la poblada ciudad de Guadalajara, capital de Jalisco y cuna del tequila y el mariachi. Allí montó, en su primera época, el primer gimnasio especializado en boxeo. Conoció, entrenó y patrocinó a grandes glorias mexicanas como Marco Antonio Barrera, que ganó tres campeonatos mundiales en distintas categorías de peso, así como a Mario ‘el Azabache’ Martínez y a ‘El Divino’ Espinosa. Su fuerte: el énfasis en la disciplina y la voluntad. Conoció y estuvo cerca de Julio César Chávez y de Don King, el famoso empresario neoyorquino de los guantes.






