Desde La Creciente Colectivo Feminista, a propósito de su editorial del 26 de marzo del 2026 titulada “De acuerdo: hay que romper el silencio frente al acoso sexual”, queremos aportar una reflexión que consideramos necesaria para enriquecer la conversación pública.
Coincidimos plenamente en la importancia de visibilizar y denunciar el acoso sexual, especialmente en contextos laborales donde durante años han operado y operan dinámicas de poder que han favorecido el silencio. Sin embargo, el texto en cuestión aporta una perspectiva que lejos de reforzar esta tesis principal, reproduce narrativas revictimizantes cuando se insinúa que la lucha contra el acoso puede “terminar distorsionando las relaciones humanas básicas en los entornos laborales”. Esta es una conclusión a todas luces equivocada toda vez que el acoso sexual no es una relación humana básica.
Continúa su editorial indicando que debe diferenciarse el irrespeto de la cortesía. Agrega que “un elogio respetuoso no debe satanizarse”. Aquí queremos ser enfáticas y claras: Las mujeres sabemos distinguir entre un comportamiento cortés y acoso sexual. Estas aclaraciones que ofrece su editorial, profundizan la creencia de que las denuncias de acoso suceden porque las mujeres “malinterpretamos la situación” “no entendimos un chiste” “somos muy exageradas. No se trata de confusión ni de interpretaciones exageradas. El acoso no es un gesto aislado o un comentario incómodo sin mayor trascendencia; es una conducta que invade, incomoda y, en muchos casos, se sostiene en relaciones desiguales de poder. Esa diferencia no solo es evidente, sino que forma parte de una experiencia ampliamente compartida.
En esa misma línea, resulta problemático seguir amparando ciertas conductas bajo el argumento de la “cultura costeña”, la “idiosincracia” o de una supuesta calidez en las relaciones. Pedir respeto y mantener límites claros no convierte los entornos en espacios fríos; por el contrario, debería ser la base de cualquier relación sana, profesional y humana.
Sugerir —aunque sea de manera indirecta— que existen “zonas grises” donde las mujeres podrían estar interpretando erróneamente ciertas conductas, o justificar comportamientos en nombre de la cultura, termina debilitando la legitimidad de las denuncias y trasladando la duda hacia quien señala el problema, en lugar de hacia quien lo ejerce.
Romper el silencio es fundamental. Pero también lo es confiar en la capacidad de las mujeres para reconocer cuándo una conducta ha cruzado la línea.
No somos tontas. Sabemos la diferencia.
Atentamente,
La Creciente Colectivo Feminista







