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De corazón a corazón

Por: Valerio Mejia Araujo “Amarás al Señor tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras…  estarán sobre tu corazón” Deuteronomio 6:5-6 En esta primera columna del mes de septiembre, donde tradicionalmente celebramos el mes del amor y la amistad, quiero referirme al amor y la amistad […]

De corazón a corazón

De corazón a corazón

Por: Valerio

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Por: Valerio Mejia Araujo

“Amarás al Señor tu Dios, de todo tu corazón, de toda tu alma y con todas tus fuerzas. Estas palabras…  estarán sobre tu corazón” Deuteronomio 6:5-6

En esta primera columna del mes de septiembre, donde tradicionalmente celebramos el mes del amor y la amistad, quiero referirme al amor y la amistad que debe seguir existiendo entre los amigos, los esposos, los padres y los hijos, los vecinos y los colegas, para que respondamos positivamente a aquel canto de añoranza, por la ausencia del respeto y el cariño, inmortalizado en la voz de Poncho Zuleta: “No se quieren como antes los compadres, ni respetan los ahijados a los padrinos. ¡Ay, ya no se sabe, ya no se sabe quién es el padre o el hijo!”
La verdadera amistad, aquella que hace efecto, no es de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón.
En las Sagradas Escrituras, el corazón abarcaba la totalidad del ser humano. Es el centro de la personalidad y el lugar desde el cual se dirige y controla nuestras vidas. Nuestros pensamientos, sentimientos y conductas, están regulados por el centro de mando, llamado: Corazón.
Sócrates, resumió la esencia de la amistad con tres conceptos  fascinantes que él llamó: Ethos, pathos y logos. Ethos abarcaba el carácter. Él entendió que lo que nosotros somos, determina lo que decimos o hacemos. Lo exterior está determinado por lo que somos interiormente. Pathos, la compasión. Él sabía que las emociones tienen que correr en la dirección de las acciones como secreto de las motivaciones. Logos, el contenido. También sabía que la amistad necesita contenido, fundamento, solides y razones de fidelidad en las promesas.
Por supuesto, que hay amistades sin carácter, sin compasión y sin contenido. Pero es el carácter lo que produce la confianza. Cuando veo la calidad de vida de mi amigo, sé que tiene algo de valor que aportar a la mía. Yo puedo confiar porque sé que se esforzará por no defraudarme. Este factor confianza es nuestra mejor carta de presentación en la amistad, ¡Nunca lo destruyamos! Es la cosa más difícil de reconstruir. La más honda herida en el corazón de una esposa o un amigo es la traición de la confianza. La base de esta confianza, emana desde adentro, fruto de una relación de amor con Jesús. Preguntémonos: ¿Qué clase de amigo soy yo?.
Segundo, es la compasión lo que produce la motivación de querer estar juntos y compartir momentos y aventuras con el amigo. Si sentimos aceptación y cariño, estaremos dispuestos a hacer cualquier cosa por el amigo. Los discípulos siguieron a Jesús, porque sentían que él los amaba. Todos somos atraídos por alguien que nos ame.
Tercero, es su contenido lo que hace perecedera una amistad. Es el fundamento sobre la base firme de los genuinos intereses, los valores y principios, el crecimiento y la retroalimentación constante, lo que hace posible el disfrute de los amigos.
Amados amigos lectores, estarán de acuerdo conmigo, en que los mejores amigos, las personas que mayor efecto positivo producen en nuestras vidas, no son los que van al frente con una gran visión, sino los de corazón grande que nos aman y nos respetan. Aquellos delante de quienes nos sentimos tranquilos y no amenazados, que no nos alcahuetean y tapan nuestras flaquezas sino que nos corrigen y alientan para mejorar.
Las mejores amistades se consiguen con corazón. Proverbios dice: “El que quiere amigos, debe mostrarse amigo”.
Hoy quiero invitarte para que regresemos a la amistad, a que dejemos de lado la prevención, a que erradiquemos la traición y reconstruyamos las bases sólidas de la amistad. A que la palabra empeñada vuelva a ser un principio de honestidad, a que los matrimonios vuelvan a confiar en la fidelidad de sus parejas y los padres en el respeto y el cariño de sus hijos.
Para lo cual, debemos: Conocer a sus amigos. Mientras más sepamos acerca de ellos, mejor podremos suplir y acompañar sus necesidades. Esto requiere dedicación, esfuerzo y tiempo. No existen atajos, la buena amistad requiere pagar el precio de estar dispuesto a derramar la vida a favor de otros.
Ganarse el derecho de ser escuchado. La credibilidad siempre precede a la amistad. No podemos andar por la calle diciéndole a todo el mundo lo que pensamos de ellos o de su situación, porque no seremos escuchados; pero en el marco seguro de la amistad, es posible alentarnos unos a otros y escucharnos con atención porque sabemos que detrás de las palabras, está el corazón del amigo fiel.
Estar dispuestos a ser vulnerables. Sin guardar apariencias ni portar máscaras, dejemos que nuestros verdaderos amigos sepan cuáles son mis luchas con la vida.
Caros amigos, la mayoría de personas tienden a vernos en términos de donde estamos ahora, y no a la luz de lo que hemos pasado. Ellos no ven el proceso, pero hemos avanzado. La mejor forma de compartir con otros lo que Dios nos ha enseñado a través de las experiencias de fracaso y de dolor, que han hecho de nosotros las personas que hoy somos, es en el marco de la amistad.
¿Quieres orar por tus amados y tus amigos? “Querido Dios, te ruego para que restaures en mi corazón el hermoso sentimiento de la amistad. Gracias por mis amigos y compañeros. Oro por ellos en el Nombre de Jesús. Amén”
Recuerda: La mejor forma de hacer amigos es hacerte amigo de Dios. Sé amigo de tus amigos, de tu pareja y de tus padres, y muéstrate fiel, para que un día podamos repetir con Camilo Namén: “Mi padre fue mi gran amigo, mi padre fue mi amigo fiel…”

Te mando un abrazo sincero de amistad en Cristo.

valeriomejia@etb.net.co

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