Una vez entran, pocos salen. Y cuando logran escapar de la irreversible chatarrización, ¿cuál es el costo? El embargo de un auto es la entrada al infierno, o al menos algo parecido. El infierno de Martha Amaya empezó en el 2014, por un proceso en su contra en el cual perdió la potestad de su auto, un pequeño Mazda modelo 2007.
El proceso empezó en su ciudad natal, Montería. No obstante, transcurridos dos años un juez decidió trasladar el auto a Valledupar, textualmente al parqueadero ‘Depósitos de Vehículos Embargados Buenos Aires S.A.S.’. Allí, con cada hora, día y semana que pasaba eran miles o millones de pesos que incrementaban la deuda. Para evitar que el pago sobrepasara el valor del carro, antes de transcurrir cinco meses, Martha estaba en la capital del Cesar con la orden del juzgado Quinto Civil Municipal de Montería para que el parqueadero le regresara su auto, siempre “previa cancelación de los costos de parqueadero”. Parecía estar cerca el fin del problema; sin embargo, recién entraba al infierno.
En la recepción del parqueadero le piden el pago de los meses de parqueo. Antes, Martha solicitó poder ver el auto. Los empleados del depósito se negaron. “Al comienzo ella no estaba bien asesorada y por eso decide regresar a Montería sin ver el estado del auto”, narra el abogado Valentín Sevilla, especialista en resolución de conflictos y conciliación, quien desde hace aproximadamente un mes asesora y es la voz de Martha Amaya.











