VOCACIÓN DEL DEPARTAMENTO
El Cesar tiene una doble vocación: agropecuaria y musical, esta última representada particularmente en el sonido de los acordeones: somos campesinos, pero también juglares. Sin embargo, no se ha hecho por el vallenato una apuesta real y a futuro. ¿Acaso la clase dirigente del Cesar rechaza cualquier denominación de política cultural por creer que esta tiene un halo peligroso para sus intereses de poder? De ser así, sería una especie de harakiri para la región, porque su producto estrella ha sido, precisamente, la cultura, que se ha extendido más allá de las fronteras. A propósito: ¿alguien sabe cuánto aporta la música y el folclore vallenato al PIB del Cesar y Valledupar? ¿Por qué no hay investigaciones al respecto?
Mención aparte merece el contenido de nuestros cantos, que no solo han perdido poesía y lírica, sino que se quedaron en las historias bucólicas con la misma visión campesina y machista de mediados del siglo XX. Los mensajes de estas canciones, que son los que forman a nuestros paisanos —además de la experiencia propia, la educación formal y el ejemplo que ven en sus casas—, son hoy anacrónicos y poco le hablan a una sociedad cada vez más abierta a la igualdad de género, al empoderamiento de la mujer, a la lucha contra el racismo, la homofobia y la aporofobia, a los problemas medioambientales y a toda una serie de planteamientos universales a los que el vallenato mira con desprecio, sin entender, o aceptar, que con ese comportamiento pierde muchísimo más de lo que gana.
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