En nombre de los palestinos, Mahmud Abbas acudió al Consejo de Seguridad de la ONU para solicitar el reconocimiento de Palestina como un Estado legítimo, libre e independiente y como el miembro 194 de la ONU. Ante la 66 Asamblea de la ONU expuso los argumentos en un discurso que fue atronadoramente aplaudido. Son hechos enmarcados en un conflicto que lleva más de 60 años. Su comprensión exige un repaso a la historia.
Desde tiempo atrás, el territorio en discusión estuvo habitado por árabes -musulmanes, cristianos y judíos- que convivían pacíficamente. A comienzos del siglo XX empezaron a llegar extranjeros de religión judía, de distintas nacionalidades y sin ningún vínculo con la tierra Palestina. En 1947 la ONU decidió dividir en dos el territorio que estaba bajo ocupación británica y era gobernado como un Mandato: un Estado árabe en el 43% del área y otro judío en el 56%; el resto –Jerusalén- sería una entidad especial a cargo de la ONU. Estados Unidos, en nombre de la vergüenza que significó el holocausto, impulsó y apoyó la conformación del Estado de Israel; le interesaba además contar con un enclave amigo en el mundo árabe. Los judíos, unos 650.000, la mayoría recién llegados, habitantes de Tierra Santa, celebraron la decisión de la ONU y su Resolución 181. En Tel Aviv y en los kibutz bailaron y rezaron con verdadero entusiasmo. Esto deberían recordarlo quienes ahora se oponen a la solicitud de Palestina que pide mucho menos territorio del que le asignó la ONU en 1947.
Los árabes se opusieron a la división de Palestina. Les resultaba incomprensible que extranjeros se apoderaran de su territorio ancestral y que los palestinos tuvieran que asumir los costos del antisemitismo occidental, del holocausto, de la inquisición y de los pogromos(movimiento zarista para exterminar judíos). Por eso se negaron, durante mucho tiempo, a reconocer a Israel.











