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Muerte en la bola de espejos

Lo inesperado parecía inminente. Pero mientras unos empezaban a romper en llanto, otros bailaban y reían. Así parece ser la vida, una continua sucesión de episodios en los que unos festejan y otros, al tiempo, se lamentan.

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En el bullicio de la celebración de Año Nuevo y el estruendo de la pólvora, nadie advirtió la cesación de la música ni el cambio de semblante en los asistentes a la recepción a la que se habían dado cita los familiares de la voluptuosa Irma Dahlmann.

La casucha, ubicada en una de las intersecciones más transcurridas del distrito 5 de Enero, había sido remozada la víspera con un pálido color aguamarina que acentuaba su vocación marginal. Los parlantes retumbaron hasta poco antes de las 12 con merengues de Elvis Crespo y la salsa del grupo Niche. Las luces de la bola de espejos danzaban en la sala emulando fuegos fatuos.

Una bandada de mozos de la calle 8 buscaba dónde reunirse a ingerir bebidas espirituosas después de los tiros y la cena acostumbrada con la parentela. Apolodoro propuso ir a la comuna de Las Flores, a 20 minutos del lugar, donde estaba otro grupo de conocidos apurando los tragos de Johnnie Walker.

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