Cuando Mercedes y Anita Osorio escucharon por la radio el servicio social informando a la familia Osorio que Pablo había muerto, asumieron que era su hermano. Y sin importarles el resto de la comunicación, después de un abrazo de duelo, tomaron la determinación de partir para Pedraza donde este ocupaba un cargo público.
De inmediato contrataron un taxi para que las llevara a San Pedrito, el puerto en el Canal del Dique, donde, para entonces, atracaban las embarcaciones que movilizaban por el río Magdalena a los pasajeros que abordaban los buses que iban y venían de Barranquilla.
Y mientras se desplazaban por carreteras inacabadas, entre lamentos y sollozos, se preguntaban qué enfermedad pudo causar la repentina muerte de Pablo. Lo hacían, porque, como Mercedes lo anotó, pocas veces se supo de algún quebranto de salud que lo aquejara.











