Esa casa de pueblo, la casa materna, donde nacimos, en donde pasamos la infancia y la adolescencia, la que llamábamos simplemente «La casa», tenía un sitio especial, un lugar lleno de encanto, una especie de paraíso. Nada como cruzar la sala, pasar por un pasillo que bordeaba el jardín, atravesar la vieja cocina llena de olores y aromas, mirar su techo de palmas de color negro producto del hollín del fogón de leña, lustrado con la grasa de años de cocina costeña: y pasar a ese amplio lugar poblado de árboles de níspero, naranjas, limones, cocoteros, mangos y guayabas.
El patio era el lugar donde la familia entera se refugiaba después del almuerzo, bajo la fronda de los mangos de «hilacha», se recostaban los taburetes y la familia compartía, paliando la modorra que el sofocante acoso del sol producía. Los mayores hablaban de cosas familiares y de algunos sucesos del pueblo. La familia siempre conversaba, había tantas cosas por decir, la palabra creaba el vínculo familiar, con ella se tejía la red de afectos que la unía con lazos indisolubles.
Las reuniones después de almuerzo, bajo el umbroso frescor del patio, ahí se daba una conversación netamente familiar, por tanto, allí se encaraban por parte de los mayores los problemas de los jóvenes, allí se organizaba una especie de juicio familiar y pasaba al estrado de los acusados los descarriados que habían infringido alguna de las cláusulas no escritas de las normas éticas de la familia. El juicio generalmente comenzaba analizando la queja del maestro de escuela, del vecino o del familiar que se había percatado de la falta del joven. El miembro de la familia acusado debía escuchar estoicamente las acusaciones, pues cuando traba de hablar para defenderse, siempre la severidad del mayor le atajaba con un ¡Cállese, estamos hablando los mayores! Terminada la conversación o el juicio, los ancianos cabeceaban una siesta en sus taburetes, mientras que las mujeres jóvenes lavan los platos y ollas en que se había preparado el almuerzo, otras ponían en orden la cocina, recogían las sobras de la comida y se las daban a los perros al final del patío.











