En una mañana cualquiera, bajo el sol inclemente de nuestra Costa Caribe, que derretía hasta las buenas intenciones, apareció en mi LinkedIn una oferta de trabajo que brillaba con el resplandor de mil promesas imposibles. Director de Operaciones en BITGET, Los Ángeles, con un salario tan estratosférico que haría sonrojar a un jeque árabe. A pesar de que todo olía a trampa, decidí seguirle el juego a esta historia que parecía escrita por García Márquez en sus días más delirantes.
La protagonista era Mina Lee, una ejecutiva cuya foto de perfil parecía salida de un catálogo de perfección digital, tan impecable que hasta las imperfecciones lucían photoshopeadas. Su inglés era tan perfecto como sospechoso, recordándome a esos vendedores de chance que de repente te hablan como Shakespeare.
Durante las conversaciones por WhatsApp –porque, aparentemente, así se hacen las entrevistas ejecutivas en estos tiempos modernos- Mina desplegó un repertorio de promesas que haría parecer modesto al político más mentiroso. Me ofreció desde un carro último modelo hasta una casa en Beverly Hills, mientras yo me preguntaba si también incluirían una estrella en el Paseo de la Fama.











