HISTORIAS

Allá… por Tamalameque

Tomado de la obra Manuscritos de Buhardilla de Rodolfo Ortega Montero.

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Allá… por Tamalameque

Allá… por Tamalameque

Por: Rodolfo

@el_pilon

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Lo vieron descamisado, descalzo, con vagancia desprevenida en esas callejas anegadas de fango espeso por los rebosos del río. Nadie lo conocía, llegó así porque así sin saberse de dónde. Sólo había el comentario que ese loco no era de por allí.
Ya era rutina verlo por las barrancas del río, mudo, en un autismo total, mirando con quietud de estatua la corriente lerda que arrastraba tarullas y uno que otro tronco donde al flote se acaballaban esas aves grandes de pico y patas largas. La caridad de muchos, y después la de Toño Restrepo o Toño Planta porque con manivela era quien le ponía vida al motor grande que daba luz a Tamalameque, le dejaba comida en bolsas bajo el portal de una bodega en ruinas, donde dormía cobijado con un arropijo que alguien le tiró como un auxilio de piedad cristiana.


Por los mismos días del calendario, Otilia Palomino inquiría por los pueblos de la Provincia, desde cuando le llegó una nota del manicomio que decía sobre la fuga de él, pero que ella sabía que lo habían echado a la calle porque no pudo seguir con el pago de su pensión de recluido. Entonces ella vendió sus dos escaparates, las camas de catre, las jaulas de las guacamayas y sus últimos zarcillos de oro de buena ley, y con tal suma se fue a recorrer el mundo con la cabeza arropada de una pañoleta de color solferino, hasta cuando tomó la pista de los caseríos de pescadores por las orillas del río Grande de La Magdalena.
Fue un vendedor de abalorios marroquíes quien le dijo haber visto a un demente en Las Bocas, una última calle de Tamalameque, acogido a la misericordia de Juan Saucedo, “El único que tiene vacas que en las tardes nadan hacia un islote del río, que hace de corral”, le había añadido al aviso.


Nuevos bríos acopió ella con tales datos. Tomó una chalupa y por el mismo río se fue en busca de Rafel Romero, su marido, que con la mente desgobernada iba y venía sin norte por aquellas aldeas de playones, malecones y albarradas. La esperaba una frustración. Don Juan mismo le arrugó el ánimo cuando dijo que en tres días nadie lo había visto. Entonces ella dispuso irse a otros pueblos en su terquedad sin tregua de encontrarlo vivo o muerto. Don Juan le tendió la mano de despedida. Ella anudó las puntas de la pañoleta como un barboquejo para que la brisa no se la rapara. Entonces él la oyó decir: “Lo encontraré así tenga que ir a la Patagonia o a Cafarnaúm”.

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