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Historias - 30 diciembre, 2021

Historia del cine en Valledupar

Fue una época en la que necesariamente, y a través del cine, las costumbres y la música vallenata recibieron influencia de la música y la cultura mexicana.

En el segundo piso se proyectaban las películas sin voz, en blanco y negro, del teatro Victoria de propiedad de Don Camilo Molina (Pío Molina), oriundo de Patillal.
En el segundo piso se proyectaban las películas sin voz, en blanco y negro, del teatro Victoria de propiedad de Don Camilo Molina (Pío Molina), oriundo de Patillal.

Corría el año de 1910 cuando llegan las primeras películas a Valledupar, traídas por un señor llamado Pico Judas, que venía de Barranquilla y las proyectaba sobre una sábana en los patios de una casa de zinc que quedaba donde después se construyó el edificio de Telecom en la plaza Alfonso López.

Las películas eran de cine mudo y en blanco y negro, la entrada costaba dos centavos. Entre las películas que recuerdan los ancianos estuvo la de ‘Genoveva de Bravante’, que contaba la historia de una joven que quedó abandonada y que fue criada en medio de los animales. 

‘La Nena Castro’ (doña Magdalena) se subía en un árbol del patio de la casa vecina, que era de don Juvenal Palmera Cotes, para ver la película. Los cineastas debían llevar el asiento de su casa.

El padre Bernardino, Capuchino, para esta misma época proyectaba películas en el que hoy es el patio del convento. El doctor Rafael Castro Trespalacios también hizo proyecciones de cine mudo en el patio de su casa, ubicada en la esquina que estaba en frente a lo que hoy es ‘Compae Chipuco’ y donde está el almacén Venecia.

Las películas las proyectaba sobre una sábana blanca, como el viento torcía las sábanas a los personajes también se les desfiguraba el cuerpo, a lo que los espectadores gritaban: ¡ve, esos animales se han vuelto locos eee!.

Don Francisco Valle trajo la modernidad a Valledupar, ya que fue el primero que importó la luz eléctrica a la ciudad, pero también proyectaba películas en los patios de su casa ubicada, donde hoy está la Universidad de Santander, UDES. 

Aquí también estuvo ubicada la Notaría primera, frente a la casa del doctor Maya; cada persona debía llevar el asiento de su casa, pues no había silletería. La entrada costaba 5 centavos.

En este patio se proyectaban las películas del Teatro Caribe, de propiedad de don Marcos Barros, el cual se había iniciado en el segundo piso del Teatro Victoria.

TEATRO VICTORIA

Un señor de apellido García traía cine itinerante de Villanueva y San Juan del Cesar, La Guajira.

Don Camilo Molina (Pio Molina), de Patillal, proyectaba películas en el segundo piso de su casa, donde fundó el teatro Victoria en honor a su esposa Victoria Maestre Gonzales. Allí vivieron sus hijos doña Elina Molina de Cárdenas, Álvaro y el gran pintor y caricaturista Jaime Molina.

Con un proyector de super 8mm, desde el segundo piso las proyectaba a una pared del patio de la casa que daba frente a ‘La Piva’. 

Don Camilo obsequió una de las bancas de cemento que adornaban el parque de la plaza en el año 1938, y en ella estaba escrito el nombre del teatro como una propaganda. 

El teatro Victoria se inició en el año 1938 y dejó de funcionar en 1946 cuando fue reemplazado por el teatro Caribe de don Marcos Barros

Existió también el teatro Avenida, que atendía las clases populares del sur y occidente de la ciudad y barrios como el Doce de Octubre, Simón Bolívar y el Primero de Mayo, San Martín y el 7 de Agosto.

Don Guillermo Baute fue el creador del teatro Cesar, que atendía las clases media y alta del norte y oriente de la ciudad.

También existió el teatro Ariguaní y los Fundadores en el barrio de La Granja.

Retrato del primer teatro organizado de Valledupar. 

TEATRO CARIBE

Corría el año de 1946 cuando apareció en el panorama artístico de Valledupar don Marcos Tulio Barros Pacheco, quien venía y era oriundo de Santa Marta, y quien contó desde su llegada con el aprecio de los vallenatos.

Se posa primero donde una tía materna, doña Teresa Pacheco, y con una actividad poco común organizó con juicio y buen criterio su estudio fotográfico con el nombre de ‘Fotos Barros:  Una Obra de Arte’, en la casa de doña Rita Molina de Pavajeau, que enfrentaba con la casa de don Carlos Pimienta Cotes, gran abogado de ese entonces. Allí permaneció 17 años al frente de su trabajo.

Simultáneamente crea el Teatro Caribe, en el mismo lugar donde había funcionado el Teatro Victoria, de propiedad de don Camilo Molina, quien ya para ese entonces había cerrado sus puertas al público. 

En estos años queda prendado de la belleza y virtudes de una vallenata de pura cepa: doña Rosalba Pimienta Ortega ‘La Chapa’, como cariñosamente la llamábamos; ella era hija de un gran folclorista y músico vallenato: don Luis Pimienta Arregocés. A ella hizo su compañera de toda la vida, hasta su muerte, formando un virtuoso, fecundo y ejemplar hogar.

Posteriormente, traslada su estudio fotográfico a una casa contigua a la cárcel del Mamón (Antiguo Convento de San Cayetano, convertido en cárcel), en donde está ubicada hoy la Casa de la Cultura y Turismo, donde permaneció hasta 1966; ejerciendo así, 20 años de actividad fotográfica para los vallenatos y pueblos circunvecinos, ya que su estudio brindaba trabajos acordes con la manera de ser estricta de su dueño.

Posteriormente tomó en arriendo los patios ubicados en diagonal a la Cárcel del Mamón (antigua Cárcel del Circuito), que pertenecían a la casa donde hoy funciona el almacén Venecia, en la esquina de la Plaza Alfonso López, y traslada allí su Teatro Caribe. En este sitio permaneció como un altar a la cultura hasta el año 1980.

Esta fue la primera casa de azotea en Valledupar (la que tiene la flecha); edificada en 1757. En ella funcionó una heladería y el hotel Welcome, que significa bienvenido, de propiedad de don Víctor Cohen. En el hotel se posó Gabriel García Márquez, pero quedó debiendo 50 pesos de la cuenta, por lo cual firmó un vale por ese valor que nunca pagó. Veinte años después, cuando ya Gabo era famoso, don Víctor le mostró el vale y ambos soltaron una carcajada. 

BOLEROS Y MAGIA

Se convirtieron estas cuadras, donde estaba ubicado el teatro, en un lugar de encuentro, de integración, de construcción del tejido social, algo así como si fuera un club social al aire libre, sin paredes ni sede, donde por las tardes y noches se ponían citas tácitamente los cineastas, dialogando en las esquinas, en las bancas de la plaza, en la tienda ‘El Todo’, en la ‘Heladería Welcom’, de propiedad de don Víctor Cohen (antes Hotel Buenos Aires).

Todo este lugar tomó vida ya que, en esta época, los sitios de recreación eran pocos, sobre todo en la noche y, así las cosas, todo era novedad en esta ciudad. 

En medio del ambiente, aún tibio por los últimos rayos del sol, se veía desprender leve humo de las esquinas, donde mujeres del pueblo prendían sus anafes para asar arepas, fritar empanadas y carimañolas, que aún calientes las compraban para acompañarlas con agua de maíz o de arroz teñidas con esencia de kola, rosas y de piña, ya que aún en el valle no existían las gaseosas, hasta cuando a don Avelino Romero se le ocurrió crearlas años más tarde.

 Y en medio de este cálido y fraternal ambiente sonaba, de pronto, una música romántica y delicada que ponían en el teatro y que reflejaba los espíritus exquisitos de sus dueños.

Eran boleros de Leo Marini, los Panchos, Olimpo Cárdenas, Sarita Montiel, Libertad la Marque, Luis Aguilar, José Alfredo Jiménez,  Javier Solís; todo esto era una terapia para los que oían esa música no estridente, sino suave, sentimental, a cuyas luces nacieron muchos romances y cantaautores populares.

Como el teatro no tenía techo, la música se escuchaba a muchas cuadras de distancia, aún por las personas que no iban a asistir al teatro, ampliándose así su radio de acción a los oyentes. 

Entre algunas películas se recuerdan Marisol, también la película ‘El Derecho de nacer’, ‘Las Violeteras’, ‘Marisol’, ‘La Vida es una Tómbola’, entre otras. 

A la izquierda monseñor Bernardino, quien proyectaba películas en el patio del convento. Al lado lo acompaña su secretario, monseñor Vicente Royg y Villalba.

INFLUENCIA MEXICANA

El médico cardiólogo Marcelito Calderón, siendo un niño de 12 años, se encaramaba en una escalera de la casa vecina al teatro, de propiedad de doña Ester Castro, para ver la película.

En los primeros años se proyectaban películas sonoras pero en blanco y negro, era un cine mexicano y americano, donde el “vaquero” o “el muchacho”, eran los “personajes”; y así, la música de rancheras hizo su impacto en Valledupar, encontrando eco e influyó en ella.

Pero ya desde mucho antes ( hace 15 mil años) la influencia cultural mexicana y de centro América  había llegado a este Valle, ya que los indígenas de nuestra Sierra Nevada venían de ese territorio. No es una casualidad que en Monterey se celebre un Festival Vallenato.

Todo lo anterior recogía nuestra identidad amorosa. En esta región, al estilo medieval, en otras épocas, los jóvenes, con su sombrero alón, de fieltro o de galletica, coqueteaban en sus caballos, y “se sacaban” a la novia, donde el “salío” fue algo así como un rapto gustoso, donde muchos perdieron su vida, al estilo Juan Charrasqueado.

Una ilustración de esto la encontramos en la novela de Rafael Escalona con el duelo del ‘Tite Socarras’ y en la canción ‘La Patillalera’.

Fue una época en la que necesariamente, y a través del cine, las costumbres y la música vallenata recibieron influencia de la música y la cultura mexicana.

De esta forma se hermanan los pueblos a través del arte; sería bueno examinar las letras y músicas que producían los cantautores de esa época en el Valle de Upar.

Pero hay algo curioso y es el parecido de algunas costumbres entre lo mexicano y lo vallenato; por algo dicen las mamas Koguis de la Sierra Nevada que ellos vinieron de centro América (así se lo afirmaron al antropólogo Gerardo Raichel Dolmatoff).

Pedro Infante, con sus bigotes, y Jorge Negrete, eran los artistas más cotizados (al ver fotografías de esa época de jóvenes encontramos que la mayoría aparecen con unos bigotes y sombreros altos y alados como los mexicanos).

Cuenta doña Rosalba, esposa de don Marcos Barros, que presentaron una película llamada ‘Ay Jalisco no te Rajes’ durante 15 días seguidos, pues las taquillas se agotaban todos los días y quedaba mucho público descontento porque se agotaban las boletas.

Al final, como ya el teatro tenía que devolver la película a sus dueños, porque la solicitaron con urgencia, le tocó a don Marcos, para que no se quedara nadie sin verla, permitir que entraran dos personas con una sola  boleta, llegando así al pueblo y a la clase pobre. Otra película muy aplaudida fue ‘Derecho de Nacer’.

Otro tipo de películas que gustaron fue la serie completa de ‘Cantinflas’ (Mario Moreno). Ya el cine no era mudo, como cuando actuaba Charles Chaplin.

El Teatro Caribe también atendía al personal del Centro, La Garita, El Cerezo y Cañaguate. 

AMBIENTE

Antes de iniciarse la película sintonizaba el disco Barrilito, que era solo música y no tenía letra, era como una marcha que avisaba el inicio de la película. Las personas al oírlo salían corriendo para comprar su boleta y gritaban: “¡Ya va a empezá!”.

Fue la actividad de don Marcos Barros un ejercicio inocente que nació en una época en la cual venían gitanos, maromeros, circos ambulantes, etc. Las películas eran formadoras de valores, pues se esmeraba por seleccionarlas, ya que fue un hombre de sana moral, recto, pero además de buenos modales, de exquisito verbo, responsable, impaciente, pero a su vez perequero, gran amigo, fraternal, servicial, y un gran liberal de gran fidelidad política, lastimosamente olvidado por sus jefes.

Fueron pues 34 años dedicados a brindar cine a los vallenatos, haciéndolos felices, ejerciendo una terapia espiritual al pueblo, brindando distracción barata y sana, ofreciendo alegría como una terapia para el alma, en esa época en que aún no había televisión.

También existió el Teatro San Jorge de propiedad de don Manuel Pineda Bastidas y otros como el Royal, en el centro de la ciudad, y las salas de Cinemark en Guatapurí Plaza.

El arte del cine tuvo su decadencia debido a la aparición del Betamax, la televisión, las telenovelas,  y también por la inseguridad y la violencia; actualmente por la pandemia del coronavirus.

Por Ruth Ariza