7 junio, 2021

Érase una vez Puerto López

Escalona afirma en forma lapidaria que la causa directa de la muerte de Puerto López fue la confiscación total de la mercancía que en 1954 realizó el buque de la Armada ‘Almirante Padilla’. Y tiene razón, pero solo en parte.

El pueblo de la Alta Guajira luce desértico y abandonado. 
Foto: Alejandro Peláez.

De regreso, ya en el avión, al despegar, le comento a Simón Contreras (el amigo venezolano, dueño del avión) mi deseo de sobrevolar el lugar donde algún día existió la próspera población de Puerto López, primer Puerto Libre de Colombia sobre el Golfo de Venezuela, ubicado un poco más al norte de Castilletes.  Y como detrás de la muerte de todo pueblo siempre subyace la crónica que explica su derrumbe, todos los compañeros de viaje se mostraron interesados en conocer la historia de Puerto López. Pues bien, para comenzar hay que decir que la historia ha sido ingrata con este pueblo y, por lo tanto, mezquina. Puerto López no se merecía la muerte por asfixia que tuvo.

Si no fuera por la reivindicativa canción de Rafael Escalona que se ha convertido, por sortilegios del folclor, en uno de los pocos epitafios del mundo que se han escrito sobre la muerte de un pueblo, hasta el nombre de Puerto López se hubiera evaporado. De hecho, la canción ‘El almirante Padilla’ es, más que una canción, una noticia. Su primera estrofa constituye un párrafo periodístico impecable, transparente:

Allá en La Guajira arriba

Donde nace el contrabando,

El almirante Padilla,

Barrió a Puerto López y lo dejó arruinado.

Efectivamente, en Puerto López nació el contrabando, en virtud de su estratégica ubicación geográfica cerca a las costas de Aruba, de donde solo dista pocas horas de navegación. Esta situación de privilegio convertiría a la población, que tuvo su bonanza entre 1940 y 1966, en el principal puerto de mercancía que haya existido jamás en la República. Un pueblo fenicio en donde se podían adquirir géneros de toda índole que, por estar exentos de gravamen, permitían dividendos generosos.

Por allí entraba de todo: armas de fuego, whisky escocés, cigarrillos americanos Lucky Strike, tabacos cubanos, ropas asiáticas, perfumes franceses, electrodomésticos japoneses, quesos holandeses, manteca y todo género de mercaderías, que luego los contrabandistas domésticos empezaban a distribuir en los mercados de Maicao, Riohacha, la región del valle de Upar y Barranquilla. A su vez, desde Colombia salía café de contrabando hacia Aruba, en volúmenes tan grandes que en las estadísticas mundiales aparecía esta isla como gran exportadora de café.

Tan importante llegó a ser este puerto que tuvo influencia binacional, pues también brindó abastecimiento a las ciudades venezolanas de Maracaibo, Coro, Punto Fijo y a las poblaciones alrededor del Lago de Maracaibo. Se cuenta que en Puerto López nadie dormía ni descansaba, a causa de los atafagos de descargue, trueques y transacciones mercantiles que perpetuamente se estaban celebrando en sus 50 grandes casas de comercio, bodegas y almacenes. Se afirma que a Puerto López llegaban 2 y 3 goletas diarias de Aruba.

Millares de familias amasaron fortunas fabulosas a expensas de Puerto López. Todavía en muchos pueblos recónditos de la región Caribe colombiana se cuentan historias de hombres sagaces que empezaron como buhoneros y mercachifles, pero que la «mina de oro» de Puerto López convirtió en magnates de parroquia. ‘El Tite’ Socarrás, tal como lo rememora Escalona en una canción, fue uno de los grandes contrabandistas de la época. Era tan bravo y aguerrido que se batió a tiros con su suegro, Bolívar Olivella, en una calle de Villanueva.

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Hasta la primera mitad del siglo XX casi nadie en los pueblos costeños de Colombia escapó al hado tutelar de Puerto López. Pues se parrandeaba con su whisky, se comía en sus vajillas, se cocía en sus máquinas de coser, se vestían su sedas y se bailaban con sus vitrolas y transistores, que constituían la magia de la época. Sin embargo, un día sucedió la catástrofe.

EL DESASTRE

Escalona afirma en forma lapidaria que la causa directa de la muerte de Puerto López fue la confiscación total de la mercancía que en 1954 realizó el buque de la Armada ‘Almirante Padilla’. Y tiene razón, pero solo en parte. Pues ya desde hacía varios años la ruta Puerto López-Aruba-Curazao, que había posibilitado durante más de veinte años el flujo mercante hacia la costa guajira, venía afrontando severas restricciones. La causa de esta restricción estaba sustentada en la célebre nota diplomática de 1951, en que Colombia le ratificó a Venezuela la soberanía sobre Los Monjes. Y obviamente, una vez resuelto este asunto limítrofe, la Armada Venezolana prohibió el paso de las embarcaciones por sus aguas territoriales, pues la ruta Puerto López-Aruba atravesaba sus aguas al sur de los monjes.

Nació entonces Puerto Bolívar y Puerto López empezó a morir por asfixia.

Portada del libro ‘Tierra Nuestra. Crónica de Fronteras’. 
Foto: cortesía.

Lo único que hizo la fragata ‘Almirante Padilla’, cuando confiscó sus existencias mercantiles, fue acelerar su final, porque ya estaba agonizando.

Casi cincuenta años después, el oficial Carlos Troncoso, quien como teniente de Fragata le correspondió dirigir la confiscación, todavía recuerda detalles de aquel episodio. “La orden era precisa – expresa el militar que ahora goza de buen retiro. Requisar todo artículo que consideráramos de contrabando, especialmente armas. Y así fue. Llegamos a la playa, desembarcamos 15 tripulantes, armados con fusiles, pero sin ostentación. Recuerdo que las casas estaban situadas en la playa, a unos ochenta metros del mar, donde nos llamó la atención la existencia de un pequeño bar”. “El que venga a beber aquí o es náufrago o es fantasma. O nosotros”, comentó uno de mis hombres.

“Puerto López era muy pobre, pero limpio. Tenía cinco manzanas, una plaza con telégrafo y un puesto de Policía. Y algo singular, tenía aeropuerto. Para nuestra sorpresa, no hubo necesidad de ingresar a las casas. La mercancía estaba arrumada en las calles. No hubo resistencia, pero en horas de la noche se rumoró que existía el riesgo de que alguna tribu podía atacarnos, porque el contrabando era el modus vivendi de todo aquel sector.

Se hizo el inventario y se detuvo aquello que no tenía procedencia legal. Es decir, todo. Se tomaron los nombres de cada casa comercial y se realizó un detallado inventario de lo confiscado. El segundo día, dos comisionados nativos me expresaron que Puerto López gozaba con la categoría especial de Puerto Libre. Consulté al buque y me confirmaron la orden. Capturen toda la mercancía para ponerla a disposición de la Aduana de Cartagena. Punto. Cumplimos la orden”.

Pobre Tite, pobre Tite,

Pobre Tite Socarrás.

Ahora se encuentra muy triste

Lo ha perdido todo por contrabandiá.

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A las familias árabes, libanesas y a los ricos patriarcas wayúu que tenían sus feudos allí no les quedó otra alternativa que recoger sus carpas. La mayoría de estos comerciantes trasladó sus bártulos a Maicao, sospechando, como en efecto sucedió, que algún día sería cobijado bajo la categoría de Puerto Libre, en parte para mitigar el descontento de la población wayúu, la gran damnificada con el cierre de Puerto López.

Una minoría de esos mercaderes se radicó en Riohacha y el resto sembró sus esperanzas en Barranquilla, donde sus descendientes todavía continúan con la tradición mercantil.

En Puerto López solo se quedaron los que no tenían otra cosa en el mundo que a Puerto López. Y por supuesto, se murieron con el pueblo. El último de ellos fue Joaquín Salazar, marino, hijo de barranquillero y madre nativa de Coro, quien jamás tuvo el valor suficiente para abandonar aquellas exquisitas playas. Lo conocí en 1992 y parecía un fantasma entre las ruinas.

Cuando lo vimos, el primer pensamiento que nos asaltó era que se trataba de un náufrago perdido entre el mar y la estepa inhóspita. Pero cuando advertimos que había construido su enramada entre las ruinas de un depósito destechado, lo comprendimos todo.

No se trataba de un náufrago, sino de un pueblo-hombre. Del pueblo más pequeño, íngrimo y perdido del mundo. Una imagen atroz, conmovedora. Sabía que el hombre podía cometer extremos sublimes por amor, pero nunca sospeché que un hombre pudiera morirse de amor por un pueblo, ni que la nostalgia fuera una enfermedad mortal.

A su lado, una india wayúu, ajada y silenciosa, compartía su desesperanza. Cuando desde la ventanilla del avión vi el terso ojo de agua de la laguna de Tucacas, en cuyo estómago solían fondear los barcos cargados de mercancía, indiqué: “Ese era Puerto López”. Todos, expectantes, se asomaron para ver. Sobre la playa había casi 30 cajas de cartón. Así se ven las ruinas de Puerto López desde el aire.

Visiblemente conmovido, mi amigo Simón Contreras, exclamó: “Esto merece una parranda vallenata para escuchar la canción del Maestro Escalona: ‘El almirante Padilla’. Por desgracia esa parranda nunca se pudo realizar. Semanas después, una banda de sicarios lo mató para robarle el carro.

Por: José Jorge Dangond

Del libro: ‘Tierra Nuestra. Crónica de Fronteras’. 2001. Exmiembro de la Comisión Presidencial  de Integración y Asuntos Fronterizos. Excónsul en Caracas, Valencia y Maracaibo*.