Un borracho seduce con sus discursos nocturnos a una joven inocente, una mujer pinta el fuego de su tristeza en la bandera nacional y una niña muere porque un confite azuloso estalla en su estómago. Mary Daza Orozco cautiva con su prosa poética, reveladora. Sus historias son aullidos angustiosos contra la violencia, pero también son una cartografía de las pasiones efímeras. “Es más peligroso escribir sobre el amor que sobre la guerra”, indica con determinación.
Mary está sentada en un sofá blanco. Usa una blusa plateada, un jean azul cielo y unos tenis muy parecidos a los Converse. Vive en el edificio Brasilia, al norte de Valledupar. Su apartamento está adornado con pinturas de Julio González, Willy Ramos, Alejandro Reyes y Douglas Mendoza. Aquí mismo residió Ricardo Palmera antes de convertirse en Simón Trinidad, antes de esfumarse en la selva. Yo estoy postrado en otro mueble, frente a Mary, con una agenda y un lapicero en las manos. Detrás de mí hay una enorme ventana que da al centro de la ciudad, ahí afuera ruge la soledad de los domingos y huele a lluvias de mayo, a tormenta.
—En su libro Cuentos en Consignación hay títulos hermosos como Ojos de paisaje, Divino rufián y El orador nocturno. Siempre he pensado que usted tiene un don especial para rotular sus obras.











