En ‘Ciudad Espada: Alucinación en el Valle de Upar’ el realismo no es mágico, sino delirante. Por eso la confusión deambula por el callejón de Los Magolos y el amor conduce a una borrachera frenética. Walter K lee un libro cuyas páginas están en blanco, el juez masón es el viejo abogado Coppelius y Dalila Daza es la muñeca sin vida de Olimpia. La poesía, la sátira y el humor se confunden con la locura. Se describe a una Valledupar de cofradías y reliquias misteriosas, una ciudad de aventuras irracionales.
Pedro Olivella Solano se aleja de Cien años de soledad para acercarse a Don Quijote de la Mancha, El club de la pelea y Opio en las nubes. Más que utilizar la magia o la fantasía como recurso literario, echa mano del delirio. Narra su novela a través de realidades alternativas y perturbaciones mentales. Convierte a los espejismos y a la Sierra Nevada en artefactos deslumbrantes. La Biblioteca Subterránea es un refugio para los eruditos que pierden la razón, el diablo es un jaguar envenenado que le hace favores a los curas y la Diosa Coronada no es una canción vallenata, sino un vals.
Según has expresado en otras entrevistas, Ciudad Espada era un mamotreto de cuatrocientas páginas. ¿Fue difícil alcanzar un lenguaje directo y limpio sin alejarse mucho de la poesía?











